La prolongación de Blasco Ibáñez puede encallar como la Torre Pelli de Sevilla

Una historia que se repite

2012-02-06Publicat per: El País
¿Le podría pasar a Valencia? La construcción de un rascacielos de más de 174 metros de altura en pleno casco histórico de Sevilla ocupa y preocupa al ayuntamiento andaluz hace un tiempo. La Torre Pelli, proyectada como sede emblemática de Cajasol, amenaza con sacar a la capital sevillana de la lista de ciudades declaradas patrimonio de la Humanidad.

Con el apoyo del anterior alcalde de Sevilla, el socialista Alfredo Sánchez Monteseirín, el rascacielos quebraba esa ley no escrita que sostiene que ningún edificio de la capital puede superar en altura a la Giralda, con 97 metros de alzada. El regidor defendió en 2006 que el PGOU de la capital permitía estos hitos en altura “que simbolicen la pujanza económica y urbana de Sevilla”, afirmaba el alcalde en 2006. Hoy, la torre, diseñada por el arquitecto César Pelli, está a mitad construir y en revisión tras la censura de la Unesco. Este organismo internacional ha pedido que se paralicen las obras de la torre y se rebaje su altura para suavizar el impacto sobre el paisaje histórico de Sevilla. El Ministerio de Cultura tiene sobre la mesa esta patata caliente.

Sevilla apostó por
una torre de 174 metros que
rompe su paisaje histórico
Salvando las distancias, la torre Pelli guarda más de un parecido con la proyectada prolongación de la avenida de Blasco Ibáñez, sobre todo, porque son proyectos avalados por los respectivos Ayuntamientos, que amenazan el patrimonio cultural e histórico de ambas ciudades y tienen una difícil justificación en un momento de crisis económica e inmobiliaria como la actual. Si la torre no recorta su altura, el lío está servido.

En Valencia solo la Lonja de la Seda es bien patrimonio de la Humanidad, y está claro que el Cabanyal está lejos del singular edificio histórico y es imposible argumentar que el derribo de parte del barrio marinero es un impacto inasumible para la Lonja. Es obvio. “Pero cualquier ciudad que tiene un bien distinguido por la Unesco, está obligada a dar un trato exquisito a su patrimonio, esté donde esté”, opina Víctor Fernández Salinas, profesor de Geografía de la Universidad de Sevilla y secretario general de Icomos, entidad consultiva de la Unesco. Icomos fue una de las entidades a las que el Ministerio de Cultura que dirigía Ángeles González-Sinde pidió informes antes de dictar la orden de diciembre de 2009, con la que se paralizó el Pepri y se evitaron nuevos derribos de casas en el barrio. El argumento esencial, entonces y ahora, es que este barrio de pescadores es característico por su estructura en retícula, que tiene su origen en la alineación de donde se ubicaban las antiguas barracas y sobre las que se desarrolla una arquitectura popular “de clara raigambre eclecticista”, dijo entonces la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su casco histórico está protegido, por lo que la destrucción de seis manzanas completas, necesaria para prolongar la avenida, rompería la trama protegida.

En el Cabanyal, la iniciativa privada se desvinculó en 2008 del plan urbanístico aprobado por el Ayuntamiento de Valencia. Y, pese a todo, la alcaldesa de Valencia Rita Barberá, sigue empeñada en llevarlo adelante. Poco importa que no tenga de su lado a inversores privados, que el mercado no acepte más oferta inmobiliaria o que en estos nuevos tiempos importe más conservar y rehabilitar la trama urbana, que abrir grandes avenidas como se hacía en el siglo XIX. “Los bulevares típicos de París no se justifican ahora”, añade Fernández Salinas, que habla a título personal. “Las ciudades deben aprender del pasado. En cualquier caso, estar en la lista de ciudades patrimonio de la Humanidad no es una obligación. Valencia ha hecho mucho, pero digamos que la calidad, la sensibilidad, no solo hay que demostrarla intramuros sino también fuera”, concluye el geógrafo.

Al igual que sucede con la Torre Pelli de Sevilla, el Ministerio de Cultura tiene pendiente una decisión sobre el Cabanyal. Debe decidir si retira la orden de protección del anterior Gobierno, avalada por el Consejo de Estado e inspirada por una sentencia del Tribunal Supremo, o la deja. En este último caso, el Tribunal Constitucional tendrá la última palabra sobre quien es competente para poner o quitar protección al Cabanyal.

Mientras tanto, varias organizaciones han incluido este barrio de pescadores en su lista de espacios patrimoniales amenazados. Es el caso de la fundación norteamericana World Monuments Fund (WMF), que acaba de colarlo en su lista vigía.

Se trata de aprender de los errores de otros. En el caso de Sevilla se da un alcalde que se empeña en construir un rascacielos en pleno casco histórico, los promotores se embarcan y ahora el proyecto está en el aire. “Abrir una calle de 40 o 50 metros de anchura en una zona donde la mayoría de vías tienen ocho, lo destrozará”, concluye Pablo Longoria, portavoz en España de WMF.

Un barrio suspendido en el limbo

El Cabanyal lleva años en el limbo. Mientras las Administraciones públicas y los tribunales deciden su futuro a cara o cruz, sus gentes se consumen con la espera. La Universitat de València resumía en su informe reciente cómo languidece un espacio marítimo con grandes posibilidades económicas de hallarse en la costa estadounidense.
Este barrio, declarado Bien de Interés Cultural (BIC) por la Generalitat, está en regresión demográfica. En los últimos 40 años, la población se ha reducido un 35%. Son unos 12.000 vecinos, muy lejos de los 21.000 de 2009 y de los 32.000 del año 1970. En solo dos años, el Cabanyal-Canyamelar ha perdido por el camino unos 9.000 residentes. Con la marcha de vecinos a otras áreas de la capital, las viviendas se abandonan.
Es un barrio envejecido. El índice de dependencia, recoge el estudio de la Universitat, es de 55,8 —la media en la ciudad es del 48— y el índice de envejecimiento de la población, del 150 (la media de la ciudad es del 121). La tasa de mortalidad es del 12,1% frente al 8,3% de media. La población joven se va y el número de familias sin menores es del 76%.
Las labores tradicionales típicas de un barrio de pescadores como éste han desaparecido y casi el 75% de la población está en el sector terciario. En este sentido, el barrio no se ha beneficiado de los grandes eventos que se celebran a pocos metros de sus calles, como lo fue en su día la Copa del América o ahora el Gran Premio de Fórmula 1.
La cohesión social en el barrio se ha roto por culpa del plan urbanístico. “El Cabanyal padece una crisis de identidad que se debe al abandono de las actividades tradicionales, a la pérdida de potencia comercial y a la proyectada prolongación de la avenida”, sentencia el informe. El descontento social es evidente, continúa la comisión universitaria que lidera el vicerrector Jorge Hermosilla. “Se aprecia un sentimiento unánime entre los vecinos y colectivos del barrio, que reclaman una actuación por parte de la Administración Pública para cambiar la actual situación de incertidumbre”.
En la recámara existen varios colectivos (diseñadores, artistas...) y empresas (residencias para universitarios, locales comerciales...) interesados en instalarse en la zona, pero en tanto no se aclare la situación jurídica del Cabanyal, nadie da el primer paso.