La conquista del mar

2003-11-27Publicat per: Levante
Hasta la fecha no dejaba de ser una falacia la pretendida conquista marítima de Valencia. La ciudad nunca ha estado en la Malvarrosa o el Grao, barrios cuya condición periférica sigue siendo evidente. La ciudad, su cogollo, el centro del poder urbano, político y económico, arranca en la calle Caballeros y la Ciutat Vella, y no es hasta las reformas de Goerlich en los 30 que se mueve el eje de ese poder hacia el Ensanche. Y allí sigue, en espera de que cuaje el nuevo polo en torno al Parque Central o que la llegada por las nuevas avenidas hacia las playas dé sentido a un cambio radical de la ciudad en clave marinera.

La Copa América va a dejar en evidencia que la reforma urbanística de Valencia para reconvertirse en villa mediterránea requiere de gigantescas sinergias y que la apertura de Blasco Ibáñez no sólo es un apéndice -bastante inútil por lo demás- en esa batalla sino que además puede ser contraproducente. En efecto, es el estiramiento del nuevo y opulento barrio de la avenida de Francia hasta la dársena del Puerto la clave del objetivo descrito, mientras que el sentido común y de imagen externa avalaría la tesis de quienes apuestan por una rehabilitación del modernismo popular y vernáculo del Cabanyal y el Canyamelar, retomados como barrios de estudiantes gracias a la cercanía de los dos campus universitarios.

Lo paradójico es que la energía necesaria para dejar de ser una ciudad fluvial que se resguardaba de un mar plagado de piratas berberiscos y marjales enfermizas, procede de una especie de chamba histórica. Valencia se va a convertir en el puerto deportivo de Suiza, la calvinista, donde los excesos barrocos provocan vértigo. Valencia, en la que practicar vela no cuenta con tradición ni con facilidades -¿para cuándo pequeños pantalanes en las playas valencianas donde los snipes y 470 puedan ser disfrutados por los jóvenes?-, se transformará de la noche a la mañana en el epicentro de la industria deportivo-naval más avanzada.

Y más paradojas. Lo que América quitó, América devuelve. Porque Valencia, situada estratégicamente cara al Mediterráneo occidental -mucho mejor que Barcelona, por ejemplo- fue un emporio desde sus bases portuarias en la época tardomedieval, hasta que se descubrió el continente americano y el interés del mundo se situó en el Atlántico en detrimento del mare nostrum. La ciudad olvidó entonces sus sueños a la veneciana y entró en una decadencia profunda de la que sólo el bienestar agrario de la huerta iba recuperándola. Hasta el último tercio del siglo XX, cuando su posición y el empuje de su Puerto -que desarrolló un malagueño, Fernando Huet- volvieron a cobrar importancia con la globalización y el tráfico interoceánico de contenedores. Ese es el contexto en el que sucede la increíble historia de la Copa América, la baza que el destino acaba de poner en manos del presidente Camps y la alcaldesa para hacer de Valencia una gran ciudad marítima. Esperemos que grande en calidad, no en cantidad, como las pequeñas y confortables ciudades suizas a las que ahora, más o menos, se representará.