Un BIC como arma arrojadiza

2002-03-13Publicat per: ABC
Desconozco si los señores Ramón Cardona, diputado de Esquerra Unida en las Cortes Valencianas, y José Camarasa, que ocupa un escaño en la misma institución, solo que en los bancos socialistas, han dedicado alguno de sus ratos libres a pasear por las calles de El Cabanyal y hablar con sus habitantes antes de presentarse ante el resto de sus señorías para dar su opinión acerca de cómo debe encararse el futuro de esta zona de la capital del Turia.

Lo desconozco, sinceramente, pero mucho me temo que no ha sido así. Vamos, que casi me jugaría el pellejo. En realidad, la política y la Justicia, aunque ésta última se escriba con mayúscula inicial, cuentan con numerosas similitudes.

Del mismo modo que los magistrados del Tribunal Superior de Justicia (TSJ) que decidieron suspender parcialmente el Plan de El Cabanyal tomaron su decisión basándose en argumentos puramente jurídicos y sin levantarse de sus despachos, los parlamentarios filaron sus cuchillas para rebatir los argumentos del conseller Tarancón, que el pasado jueves acudió ante la Cámara autonómica para explicar la postura de su departamento sobre el controvertido proyecto, sin ni tan siquiera cruzar el Puente de Aragón.

Y es que, una vez más, y ya parece un mal endémico e irremediable, la cuestión del degradado barrio marinero de Valencia se politiza y se deja a un lado la realidad social de sus vecinos. Todo por un BIC, que no es una marca de bolígrafos, sino una catalogación emitida tiempo atrás por la Conselleria de Cultura y que significa Bien de Interés Cultural. A ese pretexto se agarraron como un clavo ardiendo los magistrados del TSJ para tumbar parcialmente el proyecto de la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez hasta el mar.

Los señores Camarasa y Cardona no quisieron ser menos y emplearon el manido BIC como arma arrojadiza contra los postulados del Partido Popular sin aportar mayores argumentos. Lo malo, lo peor de todo, es que lo hicieron en las Cortes, un lugar que, al menos en teoría, representa la soberanía popular, o lo que es lo mismo, del pueblo.

Pero no. El ínclito Cardona dijo textualmente que “no existe ninguna justificación que avalase la destrucción de un BIC” y se quedó más ancho que largo. Vamos, que ni las casas abandonadas y ocupadas por inquilinos ilegales que se dedican en el noventa por ciento de los casos a traficar con drogas, ni la suciedad que impregna cada una de las calles, de Pescadores a Amparo Guillem, de Escalante a Doctor Lluch, ni tan siquiera el goteo de drogadictos ávidos de dosis, son para este diputado de EU justificación necesaria y suficiente para avalar la destrucción de una viviendas para construir allí otras sobre las que se asiente un futuro mucho más alentador para este barrio.

Por su parte, José Camarasa tuvo la deferencia de reclamar “respeto”. Lo malo, es que pidió ese “respeto”, hacia “el conjunto patrimonial que representa este barrio marítimo de Valencia” y solicitó “mayores inversiones para evitar su degradación”. Vaya, por fin aparecen dos de las claves del debate sobre El Cabanyal en el vocabulario de un político de la oposición. “Respeto” y “degradación”. Sin embargo, incurre en la contradicción de hablar de degradación y oponerse a la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez que es, en estos momentos, la única alternativa viable para evitar no ya la degradación, sino la muerte definitiva de este barrio, y más en concreto las calles enmarcadas en la famosa zona BIC.

Estas calles, lejos de albergar un rico patrimonio cultural, son las más degradadas del barrio y para comprobarlo es necesario levantarse del escaño y acudir allí para verlo. Sin embargo, los mismos que destrozaron el Teatro Romano de Sagunto por considerarlo viejo y obsoleto se empecinan ahora en querer demostrar el patrimonio cultural de un barrio que agoniza. Además, son los mismos que en su día impulsaron el proyecto de prolongación de Blasco Ibáñez, por lo que la situación adquiere tintes surrealistas.