El Cabanyal, ¿una muerte programada?

2002-01-20Publicat per: Levante
En el Informe Mundial sobre Cultura de la Unesco se destaca la importancia de la diversidad cultural y se alerta contra aquellos que defienden su homogeneización. En el informe se define cultura como «un continuum, fruto de la fusión o la diferenciación de culturas particulares o de alguno de sus elementos en épocas distintas». Esta definición coloca a la diferencia en la raíz del progreso cultural. Las ciudades en su expansión se encuentran con numerosos paisajes rurales y urbanos. Sobre ellos, los planificadores del pasado proponían un tipo de urbanismo que no valoraba lo existente: triunfaba la lógica de la ciudad central sobre las peculiaridades de las periferias. Se destruía para construir en lugar de construir sobre lo construido: se aplastaban las diferencias, se homogeneizaba. En Valencia aún se practica este urbanismo decimonónico. Lamentablemente, se ha aprobado el anacrónico plan del Cabanyal-Canyamelar. Y ello a pesar de los numerosos recursos, informes y dictámenes contrarios de todo tipo, avalados por especialistas y departamentos universitarios de Barcelona, Madrid y Valencia. Dicho plan comenzó siendo un plan especial de protección (PEP), según el mandato de la ley de patrimonio cultural valenciano para todo conjunto histórico declarado; pero la pretensión municipal de prolongar la avenida de Blasco Ibáñez incorporó una reforma interior y pasó a ser Pepri; finalmente, en su aprobación definitiva, perdió la p de protección y ha se convertido en el plan especial de reforma interior del Cabanyal-Canyamelar. Todo un ejercicio de sinceridad ajustado a las verdaderas intenciones municipales respecto de un barrio que, con la desaparición de las barreras ferroviarias que lo rodeaban y la construcción del paseo marítimo, ha adquirido una posición privilegiada, una nueva centralidad entre el mar y la ciudad, entre el futuro Balcón al Mar y los campus de las universidades: un bocado apetecible.

Esta forma de proceder, además, supone una grave desconsideración hacia aquellos habitantes que, conscientes de su diferencia, no perciben ninguna mejoría en el cambio que se les propone. Y también hacia aquellos que, en el tercer milenio, imaginamos una ciudad respetuosa con su pasado. Para convencer a los vecinos del barrio, desde la alcaldía se emplean argumentos, tipo manifiesto futurista, tales como: «Es un proyecto que la ciudad necesita para recuperar su propia autoestima, su propia dimensión de grandeza».

Evidentemente no consiguen mover la voluntad de aquellos que tienen que perder no sólo su autoestima, sino sus propias casas y su modo de vida diferente, en aras de la grandeza de los demás. Con la ciudad a las puertas del barrio, el efecto inmediato de la aprobación del plan que supuestamente va a regenerar el Cabanyal ha sido la degradación galopante, física y social, de aquellas calles del barrio afectadas por la pretendida ampliación de la avenida de Blasco Ibáñez (Barraca, Padre Luis Navarro, Progreso, José Benlliure, Escalante y Los Ángeles, entre Pescadores al norte e Islas Columbretes al sur, más la plaza del doctor Lorenzo de la Flor) y el ¿bulevar? de San Pedro: cerca del 35% de la superficie del barrio. Si a ello unimos la permisividad hacia las actividades marginales que se producen en las zonas previamente agredidas por el planeamiento, el panorama es desalentador. Existen alternativas capaces de conectar Valencia con el mar sin destruir la trama del barrio declarada bien de interés cultural, basadas en esa nueva sensibilidad que tienen las ciudades hacia su historia, hacia ese continuum del que habla la Unesco. Alternativas que incorporan la acertada diferencia del Cabanyal al conjunto de la ciudad.

En la segunda quincena de octubre del año pasado un grupo de 50 alumnos y arquitectos de la Escuela de Arquitectura de Valencia propusieron nada menos que ocho (ver el suplemento Territorio y Vivienda de este diario los días 4 y el 11 de noviembre de 2001). Profesores y profesionales de Barcelona, Madrid, Sevilla y de la propia Escuela de Valencia se entusiasmaron con alguna de ellas. Para que la cultura progrese, el Ayuntamiento de Valencia debería escuchar estas voces mientras sea posible la regeneración de un barrio que, al principio del proceso en 1998, aunque herido, estaba vivo. ¿O es que se quiere dejar pasar el tiempo hasta convertir el Cabanyal en un cadáver peligroso y maloliente, del que sus honrados habitantes huyan asustados por la delincuencia tolerada y dejen el paso libre a las excavadoras drogadicidas que sacien las expectativas de promotores y los ideales de grandeza de nuestros munícipes? ¿Es cultura la megalomanía de tres al cuarto y la especulación?

Luis Francisco Herrero – Arquitecto