A salvo el Cabanyal

2001-03-11Publicat per: El País
Los grupos de ciudadanos que se oponen al proyecto de ampliación de la avenida de Blasco Ibáñez de Valencia han denunciado la pérdida de patrimonio histórico que ocasionará la realización de ese proyecto. Y con ser grave, esa razón no me parece la más importante para oponerse al mismo. La playa de Valencia se ha convertido en un lugar muy apetecible para vivir. Parece que la ciudad comienza a mirar al mar. Un cambio en la antigua mentalidad de los habitantes de la capital que era de esperar, y más ahora, estimulado por los proyectos del Ayuntamiento para cambiar la fachada marítima: el Paseo Marítimo, el derribo de las casitas de veraneo de la calle Eugenia Viñes, la privatización del Balneario de Las Arenas, el Balcón al Mar y la prolongación de la que tratamos.

Pero siempre pasa lo mismo. Cada vez que en una ciudad se produce un cambio de estas características, los planes de los ayuntamientos topan con un molesto problema: que las zonas en cuestión ya están habitadas. Hay mucha gente que tiene la poca consideración de vivir en el lugar ya antes de que el ayuntamiento se fijara en él. La historia de las ciudades está llena de casos como éste. Una zona de la ciudad se vuelve apetecible, las empresas constructoras se percatan de ello y ven posibilidades de amplio beneficio. Pero está ese pequeño problema.

De una forma u otra, esta competencia por el suelo se resuelve con una pequeña deportación legal, con una pequeña limpieza económica del lugar. Ejemplos los hay de sobra. Aquí mismo, en Valencia, me viene a la cabeza uno muy significativo de principios del siglo XX, cuando, derribado el antiguo convento de San Francisco se perfila un nuevo centro urbano geográfico y de poder. Las obras públicas y privadas contribuyen a ello. Nuevo y magnífico edificio para el Ayuntamiento, instalación de grandes empresas estatales, retirada de la estación, ajardinamiento de la plaza... Y, claro está, demanda de viviendas en la zona.

El problemilla está en el viejo y degradado barrio de Pescadores, ocupando un solar que de repente se ha vuelto privilegiado, pero que alberga una población marginal y problemática. Pues, nada: que se vayan. En nombre del progreso y de la modernidad, que se vayan. Derribo del barrio y construcción de uno nuevo de calles anchas y hermosas... y de viviendas caras. Por supuesto, ninguno de los habitantes del antiguo barrio pudo quedarse. Parece que las reformas y mejoras no eran para ellos.

Hoy día, el problemilla es El Cabanyal; el objetivo, la playa de Valencia, y el gobierno que tenemos, a primera vista, democrático. Pero también en democracia hay formas de proceder a esa pequeña deportación intraurbana. Con algo más de esfuerzo, pero al final todo se consigue con buena voluntad. Los ciudadanos que se oponen a este plan empeñando en ello su esfuerzo personal y su dinero conocen muy bien a qué medios se enfrentan. La lucha se desarrolla, me parece, en dos frentes: el de la imagen y el de la legalidad democrática. Y me temo que en ambos casos los defensores del Cabanyal llevan las de perder. Era de esperar. Normalmente, las causas justas llevan las de perder cuando hay dinero en juego.