Toda urbe tiene su Cabanyal

2001-02-09Publicat per: El País
La Revolución Industrial provocó un éxodo de campesinos a los centros de producción. Así surgieron guetos en los que se intentaba ahogar la nostalgia con ruin alcohol y con una recreada cercanía. Con el paso del tiempo se fue gestando una cultura en la que se mezclaban las tradiciones rurales con el nuevo entorno. Ya no era una cuasi atávica cultura folk; había perdido resonancias históricas, había perdido anonimato y ahora necesitaba intérpretes del vivir cotidiano. El vodevil, el sainete, la zarzuela, eran espejos fieles en que se miraba un colectivo plenamente identificado: angustias, esperanzas, sátira guiñolesca y catártica. La Verbena de la Paloma fue más antirrevolucionaria que el rock, pues tenía argumento y una intensa carga artística. Qué insidia. De no existir la injusticia social habría que inventarla. Recoja este guante, si quiere, Julio A. Máñez.

Auténtica cultura popular de la que apenas quedan residuos, pues ha fallecido a manos de la bazofia impersonal que vomitan los medios de comunicación de masas. Lo concreto ha cedido paso a lo abstracto, la espontaneidad a la fórmula, la organización a lo orgánico. Esto acaecía a medida que la identidad se diluía en el crecimiento de la urbe industrial y en la multiplicación de sus funciones. La proliferación de los mass media contribuyó poderosamente al asalto a las ciudadelas y, en consecuencia, a la formación del magma actual, que con toda lógica se basa en el hallazgo del más bajo común denominador. (No existe, en puridad, un alto común denominador, aunque sociológicamente sea lícito hablar de él, a falta de una fórmula precisa). Y es así como las aún incipientes aglomeraciones urbanas del industrialismo fueron perdiendo su carácter de aldeas superpuestas. Londres, París, incluso Valencia, existieron como 'confederaciones espirituales'. Hoy son Londres, París y Valencia a secas.

Toda urbe tiene su Cabanyal. Reductos de un pasado comunitario letalmente vulnerado. En realidad, nada que sea incompatible con la televisión, con la discoteca, el pub y cada día más con Internet, se sostiene en pie. Subsiste, sin embargo, un sentir más o menos difuso, derivado de un orden difunto y que pocos moradores querrían resucitar a cambio de la renuncia a la televisión y demás instrumentos de ataque a la gemeinschaft. Es la permanencia del fantasma de una cultura, pero sin esa cultura. Trampas de la subjetividad.

Pero quizás los reductos comunitarios que aún persisten sean una especie de huevo de Colón, se dirán algunos. Combinan lo mejor de los dos mundos y se ha extirpado lo peor de ambos. Adiós al conocido exabrupto de Marx ('la idiotez de la vida rural'), adiós al hacinamiento espiritual de la aldea. Los jóvenes de todo Cabanyal hacen su vida en la urbe pero conservan un sentimiento de empatía con el entorno más próximo, un sentir que perdurará más allá de la fuga. Con todo, no somos anfibios y difícilmente nos dejarían serlo. El capitalismo no crea comunidades, sino guetos o apéndices; el marxismo no quiere reservas indias. A unos conviene la anomia porque es estímulo del consumo y propicia a la manipulación; los otros aspiran a una libertad responsable y consciente de sí misma. Idealmente, sin tener que pasar por el túnel de Mao, que es una asechanza por sí solo. Para tirios y troyanos, sin embargo, todo Cabanyal es un precio por la historia. Se diga o se calle.

Blasco Ibáñez tiene aquí en Valencia una avenida que lleva su nombre y quieren prolongarla hasta el mar, con lo que el Cabanyal quedará dividido en dos. Lo que a mí me inquieta de este plan es la suerte que corra el vecindario o buena parte del mismo. Si como afirma la oposición por boca de Ana Noguera se va a proceder al desalojo de 1.762 viviendas, a precio de saldo (valor catastral antiguo), nuestra obligación es decir no. Qué créditos blandos ni qué garambainas. Accedo a que me echen de mi casa si me dan otra nueva sin que me cueste un duro. Ame u odie la vivienda en que habito eso es cosa mía. Como cosa mía es mi capacidad o incapacidad económica para sufragarme una vivienda nueva. Exprópienme los sentimientos si una mayoría de los habitantes de la ciudad de Valencia opinan de otro modo que yo con respecto a la fisonomía de la urbe. Aún esto me parece discutible, si bien todo sea por la dichosa democracia. Pero el jueguecito de siempre con las expropiaciones, no. Nos sabemos de memoria quiénes ganan y quiénes pierden en estos trances. ¿Qué se pagará el 150% del valor catastral antiguo de la vivienda? ¿Y qué? Para los desahuciados, sobre todo si son ancianos y pensionistas, su casa no tiene precio, pues con lo que les den por ella no van a poder adquirir otra nueva. Esto dice Noguera, lo digo yo y toda persona con el corazón en su sitio.

Como en el Cabanyal de toda urbe, los habitantes de nuestro Cabanyal están divididos. Se recita una retahíla de razones, a favor y en contra, que no reproduzco por sobradamente conocida. Pero en el corazón del no, existe una gran dosis de incertidumbre o de franca incredulidad. Temen ser engañados, que se les pague mal y tarde, temen los remoloneos típicos del poder. También yo temería, pues quien más, quien menos, le ha visto muchas veces el rostro al poder sin género, el que no es bueno ni malo, el que tiene una y mil caras porque no tiene ninguna, el disperso en el escamoteo burocrático. Es preferible verle la cara al esclavista de turno, tipo Lorca.

Una reivindicación unitaria y decididamente pragmática hubiera rendido mejor fruto. Pero en el siglo XXI hay más romanticismo y más nostalgia del lado izquierdo que del derecho. En 1921, Vicente Blasco Ibáñez dio una conferencia en el Centro de Cultura Valenciana y se lamentó, a todas luces hipócritamente, de que ya no existía la Valencia de sus novelas, ('Yo no maldigo esto. Yo sé que todos los pueblos han de renovarse para no desaparecer'). Inspirándose en el ejemplo de la Provenza, Blasco propuso ardorosamente la creación de un museo que albergase muestras y más muestras de todo lo desaparecido o en trance de desaparecer. Con fotos, con figuras de cera, con trajes típicos. Un Museo Valenciano quedaría sensacional y preservaría las esencias. Blasco ofrecía las ganancias de su siguiente novela. Para rostro, el suyo.

La globalización trae la amenaza de convertir el mundo en un tablero de ajedrez y tampoco es eso. Sencillamente, ni tanto ni tan calvo.

Manuel Lloris es doctor en Filosofía y Letras