Rita grita Montesquieu

2001-01-28Publicat per: Levante
Al defecto de que la política se judicialice hay que contraponer el exceso de quienes, en la defensa de una absoluta autonomía de las instituciones, se niegan a someter su poder —incluso el obtenido legítimamente en las urnas— a ningún control, ni siquiera al que fijan las leyes, y se quejan de que la justicia se politice.

Esta semana, el PP ha respondido con desmesura a dos supuestas injerencias del poder judicial sobre sus decisiones: el fallo de la Audiencia Nacional que anula a congelación de los salarios de los funcionarios del Estado en 1997, y el informe de la Síndica de Greuges que cuestiona la legalidad del plan urbanístico que permite dividir en dos el barrio de El Cabanyal-Canyamelar.

Me ha sorprendido la desmesura de la alcaldesa quien afirma: «Vivimos días de invasión de competencias y no estaría de más recordar a Montesquieu garantizando la autonomía local». Probablemente tenga razón ella y los demás estemos equivocados, pero uno no cree que haya invasión de competencias cuando una institución como la Sindicatura de Greuges —encargada de defender a los ciudadanos frente a los abusos de la administración valenciana— se pronuncia en éste y en otros casos como éste: ¡pero si esa institución tiene como cometido el hacer lo que ha hecho! No sé demasiado sobre Montesquieu —ni sobre nada—, pero o poco que creo recordar es que defendía la división de poderes para establecer un juego de fuerzas que impidiera el uso despótico del poder de cualquiera de ellos: no tanto para que cada uno fuera a su aire, sino para que se complementaran y contrarrestaran. Pongámonos dieciochescos: en todo este asunto Rita Barberá confunde dos cosas. La legitimidad democrática de su poder, que nadie cuestiona, con la legalidad: en las pasadas elecciones los ciudadanos le votaron a ella y a su partido, pero no votaron destruir el Cabanyal. La otra confusión es de raigambre rousseauniana: no distingue entre la voluntad general, que busca el bien común, y la voluntad de todos, antesala de la dictadura de los números o rodillo.