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2001-01-09Publicat per: El País
En la mayoría de los conflictos urbanísticos se plantea, de uno u otro modo, una contraposición entre intereses particulares y generales, cuestión a veces difícil de resolver. En los grandes proyectos, además, se debate si los impactos que conllevan son o no asumibles por el conjunto de la sociedad y si responden al interés público. Más recientemente, y por razones de acumulación, hay que añadir si son sostenibles, es decir, si el planeta los puede asimilar.

Una permanente confusión entre los planos ideológicos, políticos y técnicos añade dificultades a la hora de delimitar responsabilidades.

¿No les parece grotesco que tanto informe sesudo -y gravoso para nuestros bolsillos de contribuyentes- sobre el AVE, sus alternativas, soluciones y trazados, sometidos a rigurosos análisis técnicos, donde dije digo digo Diego, más de un año de tabarra informativa, cambia el ministro y cambia el proyecto, haya conducido a que la solución se tenga que decidir alrededor de una mesa camilla entre los presidentes de las comunidades autónomas afectadas y el ministro Cascos? ¿Era por tanto una cuestión técnica, es decir, científica, o se trataba de dar cobertura, como en otros aves, a un puro capricho político?

De nuevo, tras un paréntesis, el debate sobre el futuro del Cabanyal salta al primer plano de la actualidad y ahora los técnicos adquieren mayor protagonismo. Unos a favor, otros en contra. Nada nuevo.

Entre los informes técnicos que el Ayuntamiento ha encargado para avalar la bondad del plan (que como casi todo el mundo sabe, mantiene la prolongación de la avenida de Blasco Ibáñez como argumento para regenerar el barrio) destaca, por su significación, el del arquitecto Escribano. En última instancia administrativa, la Consejería de Cultura debía decidir si el plan mejora la estructura del barrio o la deteriora.

En mi opinión, ésta no es la cuestión central del proyecto, sino la enunciada al principio, es decir, si conduce al interés general, si resulta una intervención en la ciudad 'para el progreso de las poblaciones según conviene a la naturaleza humana' por utilizar la acepción, aparentemente ingenua, que el diccionario de la RAE asigna al Urbanismo.

Por ello, desviar la responsabilidad hacia los informes técnicos, supone eludir el debate sobre el fondo de la cuestión. Porque en lo tocante al interés común y al bienestar de los ciudadanos, habría que preguntar: ¿Es que son conceptos científicos o son ideológicos?...

Entremos, no obstante, y de manera limitada -por cuestiones de espacio- en el debate técnico.

El informe de Escribano, afirma que 'el Plan (...) no supone una alteración de la estructura urbana de estos núcleos históricos que pudiera vulnerar (...) la ley de Patrimonio Cultural Valenciano'... 'es extremadamente cuidadoso en su adaptación a las tramas históricas que atraviesa' y en definitiva, que 'la apertura proyectada del Paseo al Mar y el conjunto de determinaciones del plan garantizan una perfecta integración de estos barrios con el conjunto de la ciudad, generándose así unas condiciones óptimas para su revitalización'.

Estas conclusiones del informe se basan, fundamentalmente, en considerar que el barrio marítimo no tiene entidad propia, no constituye una estructura en sí mismo, sino 'una mera subestructura urbana' y es en el conjunto de la ciudad en el que debe entenderse la conveniencia de completar tan ambicioso y (según el autor) centenario proyecto de proseguir la avenida de Blasco Ibáñez hasta el mar. Por el contrario, si se renuncia al plan, el barrio quedaría condenado, para siempre, según Escribano, a la marginación.

Consta en varios documentos escritos y debates públicos, que no todos los profesionales del Urbanismo comparten una única posición sobre el asunto del Cabanyal. El mismo Escribano reconoce que estas cuestiones 'originan problemas interpretativos de muy difícil objetivación' pero en el mismo escrito dice que es 'una polémica donde rápidamente proliferan las posiciones intransigentes y a menudo dogmáticas que generan información no siempre objetiva'. ¿En qué quedamos?

Espero que el señor Escribano, y por extensión el consistorio que ha encargado el informe, no califiquen de intransigentes a los que creemos que ese punto de partida es inaceptable, porque el Cabanyal tiene entidad propia, personalidad y esperanza de vida suficiente para que, con un modesto programa de revitalización interior, pueda proyectar sobre el resto de la ciudad un modelo de vida, que por desgracia, está en decadencia: la vida de un barrio histórico.

Toda la argumentación técnico-jurídica no puede pasar por alto la realidad social de una comunidad que, con todas sus contradicciones, ha expresado sus deseos de que la dejen en paz, y que el Ayuntamiento entierre definitivamente el sueño decimonónico de llevar el paseo hasta el mismo mar.

En todo el caudal de documentación técnica oficial que ha producido el plan del Cabanyal, apenas aparece una reflexión sobre eso que constituye la esencia misma de la ciudad, eso que ahora denominamos, por extensión, el 'tejido social'. Trama urbana, estructura urbana, patrimonio arquitectónico, eje potente, son conceptos vacíos, absolutamente prescindibles si no van vinculados a su elemento vital, los seres humanos que le han dado sentido y que los sienten como propios.

Los ciudadanos, comenzando por los del propio Cabanyal, han quedado, desde el principio, absolutamente al margen del proyecto. Al resto de la ciudad, solo se la ha reclamado para que haga suya una parte del plan, la prolongación del paseo, sin apenas darle oportunidad a un debate más amplio y a una reflexión profunda sobre las carencias y prioridades de una ciudad, me refiero claro está, a la de Valencia, tan sobrada, en mi opinión, de proyectos emblemáticos y tan falta de cuidados intensivos en muchos barrios.

Para muchos gobiernos, como dice R. Ingersoll, el habitante ideal de la ciudad no es probablemente el ciudadano, una persona que exige la prestación de servicios y que de alguna forma se siente responsable del medio ambiente local, sino el turista, alguien que gasta el dinero y se va, y que no siente que tenga derecho a intervenir.

Es posible que ahí resida la razón última de atraer a tanto turista no accidental a nuestras ciudades globales del parque temático, los museos virtuales, la cultura como producto de consumo y los mcdonalds.

Los ecologistas, los movimientos sociales, los Salvem y tantas otras tribus molestas, están de sobra en ese proyecto. En vez de malgastar dineros públicos en informes y contrainformes, en proyecto poco meditados y fantasiosos, la Administración haría mejor labor social prestando atención a quienes, de manera desinteresada, vienen ofreciendo ideas para renovar la ciudad. Porque, además, lo vienen haciendo gratis.

Joan Olmos es ingeniero de Caminos.