Benvinguts al Cabanyal

2011-09-27Publicat per: L'Informatiu
El viernes se celebró la fiesta de inauguración del Portes Obertes y yo me lo perdí. Cosas del turno de noche. La iniciativa ha ido creciendo en los trece años que se lleva realizando. No sé a quién concretamente se le ocurriría pero siempre que voy todos coincidimos en que es una idea sensacional. En la plataforma Salvem El Cabanyal llevan tres lustros en primera fila de la lucha contra la destrucción del barrio y este acontecimiento se ha convertido en cita anual ineludible, llena de encanto y espíritu festivo. Porque si durante el año hay reuniones semanales, manifestaciones, actuaciones judiciales… estos quinces días son para mostrar las mejores galas, para movilizarse desde el sentido lúdico, poniendo el énfasis en el orgullo de clase (sí, eso, por mucho que se empeñen, todavía existe, que lo dice hasta Warren Buffet, en la alegría de las casas (y sus magníficas terrazas), en la charrada y en la idea de compartir.

Nunca nos terminamos de creer eso de que entras en casas particulares para verlas sin cortapisas. Por mucho que repitas siempre acabas sintiéndote un poco azorado invadiendo la intimidad de desconocidos, que sin embargo se muestran hospitalarios y parlanchines para contarte mil y una anécdotas técnicas del proceso de rehabilitación, historias de vecinos, para acabar casi inevitablemente todos con la vena hinchada por la actuación del ayuntamiento y la fijación personal de Rita con el barrio. Pese a todo, todos estamos de acuerdo en las buenas sensaciones al respecto. En esto la crisis del ladrillo ha venido de maravilla.

Por mucho que repitas siempre acabas sintiéndote un poco azorado invadiendo la intimidad de desconocidos, que sin embargo se muestran hospitalarios y parlanchines para contarte mil y una anécdotas técnicas del proceso de rehabilitación...

Aunque me perdiera el festival inicial, apenas tardé unas horas en dirigirme hacia el querido barrio marinero para explayarme con ganas y la mejor de las compañías. Había quedado con cuatro amigos para iniciar la andadura en Bodega Flor, ese templo de la cocina casera frente al Mercado y junto a la desaparecida Casa de la Palmera. Qué bien se puede llegar a comer a tutiplén por apenas 14 €, con simpático y ultra profesional camarero incluido. Teníamos pendiente una incursión con fundamento desde que un domingo del otoño pasado deambuláramos sin mucho acierto por la zona, divertidos por el afán fotógrafo de Javi, réflex en mano, y por el tête à tête con una gallina que apareció de la nada y a la nada volvió. Helena, que vive en Madrid pero tiene una morriña inconsolable de la terreta, quería hacer los deberes y poder hablar del famoso Cabanyal a sus compañeros de trabajo que le preguntaban sobre derribos y enfrentamientos, y ella no sabía qué contestar. Por fin este fin de semana nos resarcimos. Ahora ya está preparada para ejercer de cicerone ante futuras visitas y mostrar la idiosincrasia de la zona más allá del borrón provocado por reportajes tipo Callejeros (glups).

Dos fines de semana más por delante para zascandilear, con amigos, con niños, con familia, por lo mejor del barrio. Pocas oportunidades como ésta de conocer de cerca y por dentro, en el sentido más literal, la vida de un barrio y de parte de sus habitantes. Y entre medias, que no falten las paradas de avituallamiento, porque las opciones son deliciosas. La Paca —ya está en su horario de invierno (de una a una)—, la bodega Montaña, la Regadera (un sorprendente espacio, muy dinámico y acogedor como el salón de casa de tu abuela pero con comida vegetariana y cervezas)… Pasen y vean, conozcan y disfruten. El Cabanyal está muy vivo.