Acosos al Cabanyal

1998-11-15Publicat per: El País
Los vecindarios de Cabanyal-Canyamelar andan movilizados contra la proyectada y, al parecer, ya decidida prolongación de la avenida Blasco Ibáñez que, de ejecutarse, se llevaría por delante una parte de la trama histórica del barrio, no obstante haber sido declarada bien de interés cultural y constituir, con o sin aval oficial, el marco vivencial e histórico de una población arraigada en ese espacio urbano, que lo quiere tal cual es y debidamente rehabilitado. Según la Dirección General de Patrimonio, la piqueta tan sólo afectaría al 10% de los inmuebles protegidos, lo que considera un sacrificio asumible en función de los hipotéticos beneficios que se prefiguran. O no tan hipotéticos, pues lo bien cierto es que, una vez consumado, este nuevo trazado ha de traducirse en ingentes cambios urbanísticos a lo largo de la fachada marítima, lo que no ha juzgarse necesariamente negativo, pero sí se nos antoja dudoso que sus beneficios reviertan en los ahora potenciales damnificados. Según éstos, el estropicio que producirían los derribos alcanza al 23% de los edificios, lo que supone una merma notable de la llamada memoria histórica, además de una renovación del tejido social, hoy por hoy identificado y cohesionado. Otros argumentos pueden aducirse, pero a mi entender hay uno sobresaliente y consiste en la voluntad de los avecindados en conservar su hábitat y formas de vida, un valor a su entender —y el de muchos— prevalente sobre los diseños tecnocráticos que se les proponen e imponen en virtud de criterios estéticos y desarrollistas. La ciudad, en suma, ha de ser para quien la vive y, en este caso, posiblemente, otro gallo cantaría si, oportunamente, no se hubiesen cometido en ese espacio las tropelías arquitectónicas que se ven, fomentando, simultáneamente, y no vetando la restauración de los inmuebles.
Pero debemos añadir que, al margen de ese sentimiento raigal y la sombra especuladora que se cierne sobre esta operación, pocas cosas quedan por salvar en esos barrios. De ahí la timidez con que manifiesta la solidaridad de los vecinos de Valencia, perplejos ante la bondad de la solución que se postula —digo de la prolongación— y la actitud de sus contrarios, aparentemente ajenos y reacios a los profundos cambios que están mudando la piel de esta ciudad, y también, y necesariamente, la de Cabanyal-Canyamelar.