El error óptico de Juan Lagardera

1998-09-24Publicat per: Levante
Juan Lagardera inicia su artículo El error histórico de Blasco Ibáñez (Levante-EMV, 20-9-98) con un vaticinio por lo menos inquietante: «En el Cabañal está pasando lo que era previsible que pasara, y aún pasa poco.» Leído el texto con atención y justamente por todo lo que ha pasado, así como dicho y escrito a la fecha sobre el tema de la prolongación de la avenida y la recuperación del Cabanyal-Canyamelar, sorprende encontrar una ausencia y una ambigüedad bastante importantes y que conducen a la peor conclusión de todas las posibles: «Lo obvio y mejor en el Cabañal es no tocar nada>’
Comenzando por recordar que lo obvio no siempre resulta ser ¡o mejor, y con todo el respeto que me merece un agudo observador y avezado polemista urbano como es Juan Lagardera, estimo necesario y urgente (dada la actual polarización de las posiciones) señalar dichas ausencias y ambigüedad y abundar en los argumentos a favor de una tercera vía que, al entender de varios y respetables técnicos y ciudadanos a los cuales me sumo, hace compatible la recuperación del barrio, no con ¡a prolongación, sino con la terminación de la avenida. Al respecto, comparto con el profesor Manuel Pérez Montiel (Territorio y Vivienda, 20-9-98) la apreciación de que «prolongar la avenida es incompatible con rehabilitar el barrio». La diferencia, a la hora no de las premisas, sino de las soluciones, radica en que, en la tercera opción (que partiría de la redefinición y rediseño de la alternativa 3 contemplada en el PRI de los arquitectos Monfort y Corell), «la trama urbana a respetar>’ no incluye el sector oeste del barrio, es decir, las manzanas separadas por las calles de San Pedro y Los Ángeles, y esto por razones técnicas y económicas esbozadas en el debate realizado en el Colegio de Arquitectos (el 9 de julio) y que se han ido explicando en los artículos publicado en Levante-EMV (el 19 de julio y el 23 de agosto).
La ausencia se detecta a partir de la alusión que Lagardera hace a la «opción de teoría urbana» de la prolongación de la avenida, indicando que “hay muchos técnicos muy cualificados favorables a la prolongación» (Escribano, Pecourt, Piñón...) y «algunas encuestas en las que ciudadanos (...) se decantan a favor de prolongar , pues cuando se refiere a la no prolongación, no menciona a los muchos técnicos y profe-sionales —muy cualificados también— que se han manifestado en contra, de palabra y obra (proyecto), como son Arnau, Colomer, Ros, Simó, Pérez Montiel..., ni a los centenares de alegaciones presentadas por los vecinos. No obstante, lo que no tendría explicación (a no ser que hubiese escrito el artículo el miércoles) es no referirse a la manifestación de vecinos del jueves 17, la cual, así haya sido de 600 participantes como dijeron algunos medios y no de 2.000 como afirmaron otros, es una acción a tener en cuenta por cualquier observador medianamente sensible, máxime si se detiene en el calibre, precisión y contundencia de las consignas expresadas en pancartas y voces. El hecho de que a la manifestación hubiesen acudido políticos de la oposición —destacado confusamente por Antonio Vergara en su De espaldas al mar (Levante-EMV, 20-9-98)—, más que indicar el posible oportunismo de algunos (lo cual no sería ninguna novedad, como ciertamente tampoco lo es el que en las sociedades capitalistas el desarrollo urbano genere plusvalías, especulación y desequilibrios), demuestra que es la oportunidad de un tema con muchas implicaciones, incluidas las de la memoria colectiva e individual, sujeta a tan complejos y deslizantes procesos de transferencia, recuperación y olvido, como que pueden llevar al propio Vergara a afirmar sin sonrojarse (y en un lenguaje políticamente correcto) que «la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez es otro deseo muy ansiado (sic), desde tiempo inmemorial (sic), por los valencianos y valencianas», o a dedicar un extenso artículo a «no pronunciarse”... salvo para cuestionar todas las posiciones en contra de la prolongación. Sí comparto con Vergara su llamada a continuar más que a abrir «un debate racional, con todos los datos e informaciones posibles”, que cuenta ya con varios y significativos precedentes. A ver si lo propicia el Club Diario Levante.
La ambigüedad en el artículo que nos ocupa salta a la vista en la referencia a que «al Cabañal le auguramos el mismo triste destino (de los barrios que quedaron detrás de la avenida del Oeste) salvo que un minucioso proyecto de cirugía urbana, de arquitectura de verdadera calidad, trate de suturar fa herida que, inevitablemente, se producirá cuando las tramas contrapuestas de la avenida y el barrio se declaren la guerra final”. Pero bueno, ¿qué se quiere decir con esta socorrida metáfora quirúrgica, presentada de forma tan alambicada a estas alturas del debate y de los acontecimientos? ¿Acaso es inevitable una guerra final como esta, que más que costosa, lenta y de difícil gestión para el consistorio actual es, por ser guerra y sobre todo final —para el barrio, por supuesto—, la negación de cualquier calidad o bondad en el quehacer urbanístico, social, económico y político? ¿Cómo calificaría la opinión pública y el propio señor Lagardera a un equipo de cirujanos que pegara un machetazo al enfermo para ver cómo evoluciona la herida suturada con un material incierto y costosísimo?
Que este tipo de intervención se haga como ejercicio académico —sin consecuencias en la realidad del barrio— puede tener validez, sobre todo si se pueden contrastar diversas operaciones virtuales (duras y blandas, con herida y sin herida, para salvar al paciente o para matarlo), como habrá oportunidad de hacerlo en el taller europeo que se desarrolla esta semana en el Convento del Carmen, o en el programado para octubre en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Valencia con la coordinación de Fernando Vegas y la participación del arquitecto japonés y profesor de la Universidad de Kioto, Kioshi Sei Takeyama. Pero admitirlo como algo inevitable en el Caban-yal-Canyamelar, más que una ambigüedad, resulta una absoluta incoherencia que conduce a la que, ya se ha dicho, es la peor conclusión de todas las posibles: que políticos, técnicos y ciudadanos miremos para otro lado, dejemos aparcado en el limbo de la indefinición y e! abandono, una vez más y por otros mortales años, al problema, sin duda, más serio de la ciudad dada su magnitud social y económica, sus implicaciones históricas y urbanísticas, y el carácter paradigmático y de modelo (no sólo conceptual y morfológico sino de gestión) de la solución que se adopte.
Lo paradójico de esta conclusión (que puede atribuirse a un corregible error óptico del autor) es que coincide con la posición del sector más intransigente de la coordinadora Salvem el Cabanyal-Canyamelar que se opone a cualquier intervención, incluso a una que, como ¡a de la tercería, respete la trama básica y fundamental del barrio, lo beneficie con la renovación de un sector aledaño —con las plusvalías que se logren negociar—, y pueda acoger (ahora que con la nueva línea del metro se ha planteado la revisión del modelo de movilidad urbana de Valencia) un centro intermodal con eje en la estación del Cabañal, un gran intercambiador entre transportes públicos (tren, tranvía, autobús, taxi) y privados (coches, bicis y peatonal), rodeado de comercios y viviendas de nueva planta y ligado a una equilibrada malla de acceso al mar (para contento general y no sólo de los comerciantes del mercado y los hosteleros del paseo), configurando una imagen y una función que expresarían el acuerdo racional, cívico y democrático para una solución que, a mi modesto entender, es la mejor de todas las planteadas. Solución defendida, hasta ahora, en una muy notoria pero nada desanimadora soledad con mi incontestada consigna de Recuperem el barri, acabem l’avinguda. Pero esto no me preocupa demasiado pues confío en que la coherencia de las posiciones termine pesando más que el prestigio o resonancia de los apellidos que las sustenten. Causas más difíciles se iniciaron con un solo abogado.
Es al concejal de Urbanismo, Miguel Domínguez, y a la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, a quienes debería preocupar la incoherencia pública que significa el proclamar que “el planteamiento que se está haciendo en nuestra ciudad es un planea miento de concordia, de consenso y de participación» (El País, 19/09/98), mientras persisten en su solitario y a tantas luces insensato intento de machetear un sector histó-rico y protegido de la ciudad (para luego coserlo a costes colectivos y beneficios privados elevadísimos), en su peligroso juego de amenazas y promesas a un vecindario inquieto y movilizado y, en pocas palabras, en su pertinaz empeño en que su gestión pueda terminar siendo un modelo de imposición, de discordia y de incultura.