De espaldas al mar

1998-09-20Publicat per: Levante
Puesto que vivimos en una sociedad capitalista, o de libre mercado, si se prefiere, ¿cuántas obras públicas, planes de urbanismo o construcciones culturales (museos, palacios de congresos, auditorios musicales o complejos de teatro) escapan a la ley de la especulación? Ahí queda eso.
A menudo, hoy como ayer, hay motivos para sospechar que casi todo lo que se hace desde las instituciones en beneficio de a ciudad, de Valencia o de Barcelona, es porque, además, en principio, hay que dar trabajo a las empresas constructoras e industrias auxiliares afines. Desde que se inventó el cemento, no hubo más remedio que edificar de lodo, y abrir avenidas, y levantar puentes, y palacios de la música.
Por ello, es curioso que todavía la concejala de EU-EV Dolors Chelós dijera, con motivo de la manifestación contra la prolongación de la avenida de Blasco Ibáñez, que el único interés es el especulativo. Es posible que así sea, al menos en parte, lo cual no es ninguna novedad, porque es la norma, hoy como ayer. Con descubrimientos como el de Chelós no es necesario leer ningún manual de marxismo ortodoxo.
Siempre se ha dicho y escrito, de modo quejumbroso, que Valencia vive de espaldas al mar. En realidad no veo móvil para vivir, ni de cara al mar ni de espaldas. Puede que valiera la pena si fuese de lado, boca abajo, boca arriba o de través; o de pie. Ahora bien: ¡Valencia vive de espaldas al mar! Un clamor.
¿Y qué sucede cuando a un consistorio se le ocurre prolongar la avenida Blasco Ibáñez, otro deseo muy ansiado, desde tiempo inmemorial, por los valencianos y valencianas? Pues que surge una oposición frontal al proyecto. Y rápidamente se monta otra plataforma ciudadana más tipo —es a moda— Salvem el periquito, que sólo la formo yo. Ahora estoy pensando en otra: Salvem el Camí de Moncá.
Que conste que respeto mucho a todas estas plataformas, y si no las respeto más es porque detrás siempre están los partidos políticos, algunos de los cuales, tras desmovilizar todo el movimiento ciudadano tan activo y fecundo en el tardofranquismo y a transición cuando mandaron, ahora intentan resucitarlo porque favorece sus intereses partidistas. Se les ve más las plumas que a mi periquito.
Es molesto detectar tanto oportunismo, manejando los sentimientos ancestrales —de pueblo que no quiere morir— de los habitantes del Cabanyal-Canyamelar. Cierto es que no hay pruebas de que los partidos se aprovechan de todo (ni las hay ni las habrá), y que, en este caso concreto, hay asociaciones de vecinos, apolíticas, en pie de guerra pacífica contra la prolongación de Blasco Ibáñez. Pero no hace falta haber estudiado en Salamanca para percatarse que a la manifestación acudieron fundamentalmente políticos del PSOE, EU y UV.
Y aquí está lo gracioso. Si el proyecto o hubiese ejecutado el PSOE cuando gobernaba en el ayuntamiento, habrían protestado EU, UV y PP. En el caso de que —una utopía— EU tuviera mayoría en el consistorio y hubiera intentado poner a la ciudad cara al mar, los ediles manifestantes pertenecerían al PP, PSOE y UV. Y si UV (imaginemos que en la alcaldía tiene mayoría absoluta) tuviera la intención de hacer lo que el PP, el otro día se hubiesen manifestado, juntos, PP, PSOE y EU.
De otro lado, y por lo leído, hay habitantes del Cabanyal-Canyamelar, o que trabajan allí, que están a favor de la prolongación. Es el caso de los vendedores del mercado del Cabanyal, de cuyas esencias prístinamente valencianas no hay ni que dudar. El asunto es demasiado serio, sobre todo, porque afecta en su vivienda y corazón a varios centenares de vecinos, que tendrían que trasladarse a pisos edificados por el Ayuntamiento, como para dejarlo en manos de a manipulación politiquera, sea del signo que sea, y venga de donde venga.
No es racional ni responde, creo (igual soy un inocente), a la verdad, afirmar, según se ha leído, que se pretendía destruir y aniquilar esta zona emblemática; o que se intenta borrar muchos años de historia. Esto es, me parece, demagogia fácil, de tinte electoralista.
En primer lugar, el Cabanyal de hoy, como el de hace 40 años, no es el de los años veinte, y mucho menos el de finales de siglo pasado. Eso lo sabemos todos, empezando por los políticos, y siguiendo por las plataformas y los trabajadores de la cultura (de izquierdas, se sobreentiende). Al respecto, y por sí hubiese dudas, léase el magnífico libro de un cabanyalero de pro Antonio Sanchis Pallarés.
Por tanto, estos barrios emblemáticos, si lo son todavía en la actualidad es porque lo fueron. Ya no son barrios de pescadores, paupérrimos, deprimidos e insalubres, devastados, precisamente por ser tan emblemáticos en la riada de 1957, y en otras anteriores, mientras que el agua anegaba también otra zona emblemática, la del Carmen —más de tres metros de agua.
O sea, que un barrio emblemático es aquel que ha sufrido, donde sus habitantes las han pasado moradas. Viendo las fotos que ilustran el libro de Sanchis Pallarés no se entiende por qué hay que añorar un pasado muy duro, por más emblemáticos y típicos que hayan sido estos barrios. Habría que preguntarles a los ancianos y ancianas del lugar si viven mejor hoy que en los años cincuenta; o si cambiarían a lavadora automática por el restregado y lavado a mano en una acequia. Es asombroso cómo, tras unos planteamientos aparentemente progresistas, se esconde un discurso retrógrado y reaccionario, con perdón.
Los años de historia, que por lo visto también peligran —otra falacia; repito que, afortunadamente, estos barrios no se asemejan hoy nada a la fisionomía, formas de vida, economía y salubridad de hace tan sólo 30 años— quedan en los libros y en el recuerdo de los más ancianos. Pondré un ejemplo fácil para que lo entiendan quienes han tenido la iniciativa electoralista (EU, con el vist i plau de UV y el PSOE) de presentar a discusión en las Cortes un proyecto para declarar la trama urbana del Cabanyal-Canyamelar bien de interés cultural (BIC). Un niño de dos años, cuando alcance los 70, no tendrá nostalgia de los barrios tal como eran en 1980, sino en 1998 y siguientes. La memoria y la historia (ésta menos) cambian.
Que nadie crea que estoy a favor de la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez; ni en contra. No me pronuncio. Simplemente opino que sería muy razonable abrir un debate racional, con todos los datos e informaciones posibles, y aunque los políticos son los representantes, se supone, de la soberanía popular, cuanto menos intervengan con su electoralismo/populismo, mejor. Pudiera acaecer que el proyecto, especulaciones urbanísticas al margen (no olvidemos que forman parte esencial de cualquier democracia inorgánica, y es casi indiferente que gobiernen unos u otros), no fuese del todo malo para la ciudad, o incluso para estos barrios, que quedarían mejor comunicados, con el consiguiente flujo de turistas, españoles o extranjeros, y el florecimiento del sector servicios, que repercutiría positivamente en los bolsillos de los habitantes de estos entrañables barrios. ¿O es una hipótesis disparatada?
Cuando se prolongó Blasco Ibáñez desde el cruce con Cardenal Benlloch hasta la estación del Cabanyal, también hubo quien se tiró los cabellos con saña progresista. Lo mismo con ocasión del trazado y construcción de la autopista A-7, a su paso por La Safor. Hoy, aquella prolongación ha sido objetivamente un avance, y la autopista es muy frecuentada, en automóvil —no en burro, ni en carro, ni tan siquiera en bici— por quienes la combatieron y los ecologistas de las nuevas generaciones de ecologistas para reunirse y preparar congresos y seminarios ecologistas en Alicante, Gandia o Alzira. Gracias a la autopista.