La horrible facilidad de destruir

2011-02-11Publicat per: El País
Un foro de Internet, donde concurren fotos antiguas de Valencia, me ha permitido comprobar cómo se ha dado aquí secularmente lo que Paul Valery llamó "la horrible facilidad de destruir". He visto en ese foro tanto la distinta suerte que ha corrido la ciudad en muchas de sus transformaciones como el obsesivo afán de derribar y abrirse en la dirección del mar, que posiblemente obedeciera a la voluntad de crecer. Pero "antes de crecer, la ciudad tiene que ser soñada y luego dibujada, planeada", sostiene el arquitecto urbanista Xerardo Estévez. Y Lener, citado por Carmen Alborch en su libro sobre la ciudad, dice: "La ciudad debe saber lo que quiere ser". Es, sin embargo, lo que somos y sabrá lo que le permitamos o nos permitamos saber, lo que soñemos o queramos soñar, cómo la dibujemos lógicamente y cómo la planeemos. La voluntad de crecimiento, sin sueño ni dibujo, sin conciencia de cimientos, necesitada de que lo nuevo sustituya a lo originario porque sí, es lo que nuevamente, en el caso del Cabanyal, lleva a una ciudad a la que no se le permite saber lo que de verdad quiere ser. Es decir, la ciudad no escuchada. Y la ciudad necesita ser escuchada en quienes la habitan, por supuesto, pero también en su propia alma. Requiere entrar en las entrañas de la ciudad fragmentaria y recuperar su luz interior. La poética de la ciudad es el resultado de un territorio que pueda seguir siendo lo que quiere ser salvándolo del abandono premeditado que busca su destrucción. Es la expresión de los sentimientos que lo han conformado, pero también el resultado de una inteligencia.

Claro que una cosa es la ciudad que crece y otra la que se hereda, y la fusión de la que crece con la que se hereda también necesita de sueño, de dibujo y planificación, en el bien entendido además de que la reforma puede y debe constituir reinvención, pero no necesariamente arrasando la herencia, sino integrando tradición y modernidad, sin lo cual no se entiende ni una cosa ni la otra. Los proyectos conocidos de quienes defienden la pervivencia del Cabanyal dibujan el barrio con el que sueñan, pero presentan su sueño de un modo concreto. Los sueños y las realidades no son territorios ajenos sino complementarios y el talento busca un orden que no siempre es negocio, pero que también puede acabar siendo negocio. Y el Cabanyal necesita ser visualizado concretamente, con capacidad de imaginar rasgos visibles, catalogando no solo edificios, sino atmósferas, que es lo que rescatan en sus dibujos esos proyectos de conservación y progreso. Pero es curioso que sean los mismos que fomentan supuestos valores patrióticos quienes se obstinen en oponer desarrollo a tradición, con la consiguiente pérdida de lo que acaso constituya uno de los valores más positivos de lo propiamente patriótico: la estima por lo propio; lo heredado y lo creado.

La ciudad canaria en la que nací, Santa Cruz de Tenerife, tenía, cuando yo era niño, un barrio de pescadores con edificaciones modestas, pero muy características, y algunos ejemplos de arquitectura popular canaria entre laureles de Indias, cuyo conjunto lograba una atmósfera, pero al que no se dio valor y fue arrasado en nombre de la modernidad. Ahora, ya de mayor, al visitar algunas poblaciones de Colombia y Venezuela, la ciudad de Antigua, en Guatemala, o el mismo San Juan de Puerto Rico, me emociona ver allí, en pie y bien conservados, conjuntos similares de casas terreras, modestos y bellos e históricamente apreciables. Aquellas viviendas han mantenido la condición de tales en su mayoría, si bien la manera de vivirlas es otra, pero en algunos casos se han convertido en centros turísticos con hermosos restaurantes que han aprovechado los modestos patios con exuberantes helechos, diseñados por nuestros antepasados, para su oferta gastronómica, sus negocios prósperos y sus centros culturales. Su modernidad ha radicado en el cambio de función desde el atractivo histórico y la singularidad de lo identitario, no al servicio de una tradición obsoleta, sino al modo en que ahora aspiran algunos a que se haga en el Cabanyal: como expresión cultural de un pasado que se inserta en el presente sin remembranzas inútiles y con un sentido práctico y de progreso. Pero en el caso de mi ciudad natal es que, además, las nuevas construcciones, levantadas a orillas del Atlántico como murallas, han dejado a la ciudad abierta al mar, no sin camino al mar, sin mirada sobre él y, sobre todo, sin respiración. Ya no hay remedio: la mediocridad, malentendiendo el progreso, se impuso en su día a los que pretendían un futuro razonable; la falsa modernidad inculta creyó vencer a quienes trataban de conjugar conservación y progreso como un signo de prosperidad.

A ningún valenciano le deseo que llegue alguna vez a vivir una situación de rabia y desconsuelo semejante a la vivida por mí al descubrir, con envidia, sin remedio y en tierras lejanas, la ciudad que no logró ser la suya.