El autor, profesor de Sociología de la UCM, analiza los distintos factores que se cruzan en el barrio valenciano del Cabanyal

El Cabanyal: reflexiones en el fragor de la batalla

2010-06-15Publicat per: Diagonal
¿Puede tener éxito la defensa del barrio del Cabanyal frente al Plan que lo amenaza? Omitiré aquí los detalles técnicos y legales de la situación para concentrarme en las cuestiones más controvertidas que enfrentan colectivos vecinales como la plataforma Salvem el Cabanyal (SEC). Más allá de la solidaridad con esa plataforma, pretendo sólo sugerir algunas reflexiones en tanto que observador lejano de esa lucha ciudadana con más de 12 años de trayectoria. Quiero decir, ante todo, que considero que ya han sido todo un éxito esa persistencia en la denuncia y en la resistencia social durante tanto tiempo, el aprendizaje de movilización y auto-organización conseguidos, y el valiente reto al autoritarismo político y al urbanismo especulativo. Sin embargo, la batalla final aún puede perderse, y eso merece seguir preguntándose al respecto de todos los elementos significativos en juego y seguir explorando las estrategias de acción para avanzar en la defensa del barrio.

En junio de 2010 se puede contemplar ya la desolación de numerosos edificios derribados, los solares con o sin tapias, el estado ruinoso de cada vez más edificaciones, y las abundantes infraviviendas. Los últimos derribos de abril, acompañados de una durísima represión policial, reavivaron las actividades y la proyección pública de la plataforma. Pero en los balcones del barrio se pueden ver también banderas de distinto signo: por un lado, las más numerosas, las distribuidas por SEC con el lema Rehabilitació sense destrucció (Rehabilitación sin destrucción); por otro lado, las que han repartido las bases del PP con el lema Si volem (Sí queremos [la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez]); un tercer tipo son las diseñadas para desplegarse en cualquier punto de la ciudad en contra del Plan: Cabanyal, t’estime, sencer i viu; Cabanyal, te quiero entero y vivo), pero también lucidas en muchas viviendas del barrio por personas que no se identifican plenamente con SEC. A veces, coinciden los tres tipos de enseñas en el mismo edificio y sus moradores se niegan la palabra al cruzarse.

Concentración en el Cabanyal, abril de 2010. Fotos: Eva Máñez
Esa batalla simbólica es sólo la extensión de una más general librada en los medios de comunicación de masas en la que SEC recibe constantemente acusaciones, sobre todo de la alcaldesa del PP, de ser una minoría en el barrio y un conjunto de especuladores, radicales, violentos e insolidarios con el interés general de la ciudad, sólo apoyados por el PSOE y, además, por motivos electorales. Independientemente de su falsedad, que casi nadie se molesta en verificar, dichos discursos tienen efectos demoledores: una gran parte de la ciudadanía de Valencia no conoce ni visita el barrio, teme por su seguridad en caso de internarse en él y disuade a terceros de lo mismo, a la vez que relega el conflicto a algo intrascendente y partidista. ¿Cómo contrarrestar, pues, esos discursos deslegitimadores de la racionalidad de la lucha vecinal? ¿No son suficientemente “racionales” para la opinión pública las órdenes del Ministerio de Cultura y del Tribunal Constitucional paralizando los derribos? ¿No lo son tampoco los escritos de urbanistas y expertos de toda índole que claman por la conservación de ese conjunto histórico? ¿Acaso, a ojos de la mayoría indiferente, no está todo litigio entre racionalidades teñido por un trasfondo de desavenencias políticas y nadie se cree nada pero deja hacer y deshacer a las autoridades locales lo que les plazca?

Algunos artistas hacen fiestas en los solares o los decoran con alusiones a las torres que se construirán a su vera. Otros prefieren pintar los edificios amenazados por la piqueta para llamar la atención sobre la irrepetible calidad de lo que se va a derruir. Sin embargo, el estigma de peligrosidad del barrio se difunde a más velocidad y llega a más gente sustentando a esa mayoría conformista que no se indignará la próxima vez que lleguen las excavadoras al barrio. El reto de SEC para mostrar públicamente que son mayoría, que tienen el respaldo de numerosos colectivos y organizaciones sociales y que están aportando algo positivo para toda la ciudad (un barrio habitable y diverso, “pintoresco” y con una estructura urbana valiosa y consolidada, accesible al mar sin necesidad de utilizar el coche, etc.) pasaría, pues, por abrir las puertas simbólicas del barrio (la iniciativa Portes Obertes va en ese sentido pero, quizá, demasiado restringida al público vinculado al arte). Ante los embates constantes que sufren, su réplica en términos de mensajes y discursos “positivos” no puede quedarse atrás. En todo caso, ¿no precisan todavía mostrar toda esa racionalidad también a sus vecinos más próximos: a aquellos absentistas (quienes mantienen sus viviendas vacías y abandonadas), a quienes sólo tienen tiempo de sobrevivir en la precariedad, incluso a quienes aceptan las prebendas municipales (aire acondicionado en los comercios, ayudas a la dependencia para algunas familias cuyo expediente estaba hasta entonces paralizado, inmunidad policial para quienes viven de tejemanejes y trapicheos, etc.) a cambio de exhibir el si volem?

Asociaciones vecinales de otras ciudades también están visitando el Cabanyal en solidaridad con SEC. El reconocimiento en la prensa estatal (El País y Público, sobre todo) e internacional (Le Figaro, por ejemplo) ha contribuido, por su parte, a crear una opinión pública favorable a la defensa del barrio. No obstante, en algún momento será necesario elevar el reto simbólico a la prepotencia del consistorio con alguna campaña estratégicamente ponderada: ¿un referéndum? ¿mensajes reversivos (por ejemplo, “si volem un barri sencer i viu” o “yo, Rita, también sé ceder para que ganemos todos”)? ¿paseos guiados por el barrio? Y seguir explotando la indignación pública ante la reciente brutalidad policial, pero también ante el acoso policial que sufren en silencio muchos vecinos de forma cotidiana y el “gueto vigilado” del mercado de droga que esa misma policía ha acotado dentro del barrio con el fin de reincidir en el estigma y en la supuesta necesidad del negocio de una regeneración urbana trufada de demoliciones y reconstrucciones.

Por otra parte, los acciones discursivas no tiene por qué disociarse de otras prácticas organizativas, movilizadoras y de denuncia. Al contrario, parece más eficaz que se refuercen mutuamente. Algunas entidades públicas y privadas están realojando en el barrio a familias pobres como “solución temporal”. El Ayuntamiento y la empresa Cabanyal 2010 S.A. también ceden en usufructo o por alquileres muy bajos algunas de las viviendas que han adquirido en la zona más afectada por la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez y del boulevard de San Pedro. Estiman que sus desalojos no serán problemáticos en el momento de proceder a los derribos puesto que los moradores les deben “un favor”. Mientras, se opondrán a las protestas de SEC. Otros muchos casos —por ejemplo, respecto a calificaciones legales y esclarecimientos patrimoniales en distintos edificios y parcelas— obligan a SEC a redoblar sus esfuerzos por todos los puntos de conflicto que proliferan en el barrio. Las huelgas de hambre y las manifestaciones de la plataforma, por su lado, han sido replicadas por partidos políticos de extrema derecha que utilizan mensajes similares y recorren el barrio bajo la autorización irresponsable de la Delegación del Gobierno. ¿Qué más se puede hacer? ¿Barricadas, desobediencia civil, planes urbanísticos alternativos? ¿Sólo campañas de sensibilización?

Desde luego, hacer todo aquello que tenga fuerza simbólica y sensibilizadora parece positivo para esta lucha. Pero, en definitiva, ¿no es más eficaz ocupar, construir, urbanizar, y, en consecuencia, auto-planificar el barrio de un modo verdaderamente participativo y respetuoso con los legados urbanos merecedores de preservación? En este sentido son especialmente relevantes las ricas iniciativas de okupación (política) de viviendas y centros sociales desarrolladas en este barrio que habitualmente han unido sus fuerzas a SEC y que ahora convocan sus propias asambleas vecinales, pero que además muestran de forma práctica cómo rehabilitar los edificios, habitarlos de forma autogestionada y comunitaria, y revitalizar las relaciones sociales entre distintos residentes. Posiblemente se trata de un caso único por su magnitud, duración y calado. Profundizar en esa alianza virtuosa, no obstante, plantea otras tantas cuestiones de diferencias culturales o ideológicas semejantes a las que SEC tiene con otros colectivos, aunque la experiencia pasada ya ha allanado buena parte del camino. ¿Y no es acaso también constructivo promover iniciativas de autoempleo, instituciones de debate y redes de cooperación en una comunidad sometida a agresiones regulares por todos sus flancos? ¿En qué medida podrían frenar los planes de destrucción si permanece la exclusión de la propiedad inmobiliaria (mientras la estrategia municipal sea la de evitar la expropiación forzosa)? ¿No se estarán plantando las semillas de una futura elitización del barrio, se consume o no la parte más destructiva del PEPRI, en cuanto que sólo atañan a la población con más recursos de la zona (profesionales, artistas, trabajadores estables, comerciantes, estudiantes universitarios, etc.)? ¿Qué se puede hacer para garantizar con equidad el derecho a una vivienda digna en el barrio para todos los sectores sociales? ¿Y cómo diseñar y mejorar colectivamente los espacios públicos?

Como se puede apreciar, el conflicto social del Cabanyal involucra una elevada complejidad de colectivos sociales, relaciones entre ellos, dilemas estratégicos e inciertos escenarios futuros. Las preocupaciones mostradas más arriba no indican ninguna prescripción sino sólo elementos que, a nuestro entender, no deberían olvidar los activistas de SEC en su elogioso trabajo de protestas, análisis y propuestas. Como iniciativa autónoma de participación ciudadana es en su seno, con las ayudas ajenas que necesiten y acepten, donde se digieren las preguntas, se toman las decisiones y se adquieren los compromisos. La batalla no está del todo perdida. Como apunta un cartel en la sede del SEC, el Matadero: “porque aún no estamos condenados”. Que se dirima hacia uno u otro lado de la balanza puede depender de factores estructurales ajenos al vecindario (la crisis económica que no le proporcione financiación privada suficiente al Plan Especial de Protección y Reforma Interior, PEPRI, por ejemplo, o los cambios de gobernantes en las distintas instancias del Estado), pero el poder popular que se ha desencadenado tiene aún cierto espacio propio para incidir en el resultado. Y el conocimiento generado desde ahí ya es una ganancia indeleble para los movimientos urbanos.