Delirio

2006-07-02Publicat per: Levante
El taxista contrariado explica al viajero de regreso a casa que el tráfico está imposible debido al corte del puente de Monteolivete. Allí se instala desde hace semanas el escenario que acogerá a Su Santidad en el marco del Encuentro Mundial de las Familias. Al momento se encoge de hombros y argumenta que la incomodidad vale la pena, pues el evento va a ser retransmitido por televisión a todo el Universo, lo que dará mucha publicidad a la ciudad y, consecuentemente, inversiones y riqueza. «La ciudad está muy bonita», concluye.

El viajero lee en la prensa local que Cáritas Diocesana, en su memoria anual, denuncia la existencia en la Comunidad Valenciana de bolsas de pobreza arraigada en 13 zonas, áreas urbanas en que las condiciones de vida son lacerantes. En Valencia, la mitad de esos guetos se encuentra en los barrios marítimos: Malva-rosa, Cabanyal y Natzaret; la otra mitad se reparte entre la Avenida de la Plata y La Torre. Cáritas reitera también la flagrante contradicción entre las inversiones millonarias en los grandes proyectos y la comparativamente ridícula atención económica a las necesidades sociales.

Entonces imagina el viajero que el Papa Benedicto, recién llegado a Valencia, tras una visita de incógnito por la periferia urbana, le dice a Rita algo así: «Mire, señora alcaldesa, yo creo que usted debería pensar en conservar el barrio del Cabanyal. He sabido que se trata de una zona muy bonita, de casas humildes pero hermosas, de esa belleza que atesora lo sencillo. Parece que allí las familias están sufriendo mucho, el barrio se degrada, los vecinos no saben qué va a ser de ellos, de su patrimonio familiar, de su memoria. Probablemente no valga la pena arrumbar todo ese sentimiento por una vulgar avenida, habiendo tantas?»

El viajero imagina que la jefa del consistorio, iluminada por estas palabras santas, simples y directas, toma la decisión de renunciar a la prolongación de Blasco Ibáñez, convoca a las asociaciones de vecinos -también a los falleros, los jubilados, los del mercado, la Semana Santa, incluso a los de Salvem el Cabanyal- y les invita a organizar una serie de encuentros junto a representantes del ayuntamiento, con el amable objetivo de determinar qué barrio desean.

Piensa además que, mientras estas reuniones van teniendo lugar, la alcaldesa ordena que se limpien las calles, se exterminen las ratas de los solares, se aceleren las licencias de obras, se rehabiliten las casas, se persiga a los malhechores, y hagan acto de presencia los servicios sociales. Y ya puesto imagina que, extasiada por la emoción de la verdad y lo bien hecho, nombra a Grau concejal de grandes proyectos útiles, un departamento pensado para escuchar, atender y resolver los problemas reales de los vecinos de Natzaret, de Patraix, de La Plata, de La Torre, los problemas reales de la Huerta, las playas o el Botánico.

Sin duda resultaría extraordinario que sucediera algo así. No obstante, lo realmente extraño es que toda la fantasía del viajero nos parezca un delirio. Porque lo que va a resultar chocante es que Su Santidad dirija el encuentro de las familias desde un altar que Cáritas (que es un organismo de la Iglesia) -y muchos otros, creyentes y no creyentes- entiende contradictorio con el compromiso y respeto hacia los más necesitados; porque llama la atención el desparpajo con que Iglesia y Gobierno (autonómico) confunden sus intereses, políticos y económicos; porque vamos a asistir una vez más a la impune orgía mediática de publicidad parcial y mercadotecnia universal a cargo de la cadena de televisión pública territorial; porque a este paso las grandes obras de la era Barberá consistirán en aquella parte del patrimonio que su empeño no ha conseguido derribar.

Lee el viajero una entrevista al cardenal de Madrid, monseñor Rouco Varela. En ella el prelado, al hablar sobre lo que la jerarquía católica considera «asuntos capitales para los ciudadanos, sean o no fieles», reconoce a España como un valor previo al ordenamiento jurídico, como una comunidad humana cultural y jurídica desde tiempo inmemorial; y se pregunta: ¿cómo va a decir un cristiano que le es igual que esto se rompa?.

Llegados aquí, ya no nos extraña que piense el viajero que quién sabe si monseñor tiene razón y, en su delirio, que lo imagine junto a Camps, Blasco, González Pons y Rita, tratando de convencerles gravemente de la importancia que tienen asuntos capitales como la defensa del territorio, o la protección del patrimonio cultural e histórico de todos los españoles, incluidos, por poner sólo un ejemplo, los que viven de la Huerta, en Natzaret o el Cabanyal.