El Cabanyal: sobran las palabras, llegan los «bulldozers»

2008-03-15Publicat per: Levante
El Cabanyal, crónica de una muerte anunciada. Sí, crónica de una muerte. Porque cuando la avenida de Blasco Ibáñez parta El Cabanyal por la mitad -con una guadaña de cemento y hormigón-, lo que quede seguirá llamándose El Cabanyal, pero tendrá poco o nada que ver con lo que fue. Y sobre todo con lo que podría haber sido, de mediar otro talante y otra sensibilidad por parte de Rita Barberà.

Seguirá llamándose El Cabanyal? o tal vez no. Casualmente, el mismo día en que el Tribunal Supremo daba el pistoletazo de salida para su destrucción, se presentaba el trazado del pomposo Valencia Street Circuit, en el que las puertas de acceso desde El Cabanyal se llaman Puerta Malvarrosa F y G. Tal vez, la alcaldesa haya decidido premiar la firme oposición vecinal a este proyecto -durante décadas- con el mismo método que Jerjes I anunció a Leónidas en las Termópilas: «Borraremos de la historia todo rastro de vuestra existencia.» Los persas ganaron la batalla de las Termópilas, pero aquella gesta consiguió unir a todos los griegos contra el invasor, que salió escaldado de la Hélade.
La muerte del Cabanyal estaba anunciada por dos causas al menos: en primer lugar, porque parece ingenuo pensar que un proyecto con tantos intereses en juego -de personas tan influyentes- pueda ser frenado por gente sencilla. Cuando sucede, es la excepción, como todos sabemos.

En segundo, porque el ayuntamiento ha conseguido durante años acabar con la paciencia de los vecinos. Un consistorio que ha consentido -cuando no ha auspiciado- la degradación del pueblo marítimo hasta extremos inmorales. El Cabanyal es hoy un auténtico gueto dentro de la ciudad: ausencia de equipamientos, infraestructuras e instalaciones, delincuencia generalizada, tráfico de drogas, ocupación ilegal de unas casas, dificultades para la rehabilitación de otras (por supuesto sin subvención)? Esta situación perpetuada durante años (especialmente dramática entre la Séquia d´En Gasch y la Remon­ta) ha propiciado el abandono sistemático del pueblo. En otras palabras: todo aquel que tenía posibilidades económicas -y no era un bohemio- ha salido por piernas.

Hoy, El Cabanyal (sobretodo en la zona indicada) es un pueblo fantasma: sin gente joven, sin comercio, sin oferta cultural ni deportiva. Muchos de los que se oponían a la prolongación de Blasco Ibáñez hasta el mar han desistido por pura desesperación vital: «Que facen lo que hagen de fer, pero que s´acabe este infern.» Volviendo a la metáfora clásica: El Cabanyal ha vivido durante décadas un auténtico sitio medieval por parte del consistorio. El mismo consistorio que ahora se alza triunfante y salvador con la sentencia del Supremo -«por fin podremos solventar la situación del Cabanyal»- es el que ha consentido que la fachada marí­tima del cap i casal haya sido durante años un gueto inhabitable. Ver para creer.

¡Y lo que está por ver! Ya se encargará nuestra televisión pública -Canal Nodo- de machacarnos la buena nueva: la prolongación salvará al Ca­banyal del caos terminal en que está sumido. Y siempre habrá una pléyade de analfabetos funcionales dispuestos a reír las gracias de nuestros telepredicadores autóctonos, avivando el sonsonete del progreso, que en este caso no es -como en tantos otros- más que un sinónimo vulgar de incultura y falta de sensibilidad con el patrimonio.

En unos años, todo el mundo olvidará lo que hubo bajo el hormigón: la posibilidad de preser­var y explotar turísticamente un patrimonio sin parangón en el mundo. Y mucho más, claro: una forma de vivir de miles de personas que, paradojas de la vida, el propio Blasco Ibáñez -nombre de la nefasta avenida- exportó al mundo a través de sus novelas. Pero las fincas son más modernas. En fin?

Porque esto es el fin: si sumamos el bulevar y las fincas proyectadas, una cuarta parte del pueblo desaparecerá. Y lo que quedará será un pueblo partido en dos: una zona al sur, cercana al puerto, mimada para que los turistas la disfruten; y otra al norte, que se convertirá en el nuevo gueto, un codiciado caldo de cultivo para la especulación: construir fincas donde había casas es un buen negocio. Sólo hay que esperar a que se cai­gan y se marchen sus habitantes.

Sentencias como la del jueves ahondan en las dudas -más que razonables- sobre la independencia del poder judicial. Y, para alguien lego en leyes como yo, demuestra que la justicia es un concepto superado. La única justicia que vale en Occidente -y volvemos a la negra noche de la historia, previa a la Revolución Francesa- vuelve a ser -¿ha dejado de serlo alguna vez?- la del más fuerte. ¡Muera El Cabanyal! ¡Viva la Valencia del siglo XXI!

Sobran ya las palabras. Llegan los bulldozers. Sólo, que no es poco, unas cuantas más para agradecer la lucha encomiable que por sus casas, por su dignidad y por sus vidas han mantenido muchos cabanyaleros durante las últimas décadas.

*Coordinador del libro «Les cases del Cabanyal».