El cantaor granadino Enrique Morente triunfa a lo grande en el último acto organizado por la asociación cívica Salvem El Cabanyal

Cante contra el olvido

2009-12-21Publicat per: L'Informatiu
Digamos que la luna musulmana de diciembre apareció después de los días de tormenta sobre el límpido cielo del València para poner un toque lorquiano al concierto de Enrique Morente. Se barruntaba la noche helada como un concierto importante y fue más que eso. El sábado pasado, el espacio de la sala Mirror, se convirtió, por arte de magia, en una catedral gótica del cante. La música popular genuina del sur y cuyas raíces se hunden en la noche de los tiempos. Enrique Morente mostró su poderío ofreciendo un concierto clásico, ceñido al rigor y con sus quiebros e innovaciones. El duende.

“Debería haberme puesto las botas de roquero”, dijo el cantaor nada más salir a escena. “No sé si el repertorio que traemos les gustará, lo importante es la solidaridad de todos” continuó el artista, impecable en negro, al ver un compacto público llenando la sala, compuesto en su mayoría por adultos de ambos sexos mayores de 40 años. Porque el recital que dio Morente fue de cante clásico, con una puesta en escena perfecta, una recreación del ambiente del Sacromonte, ese rincón de Granada, con los garitos gitanos incrustados en la piedra, donde se bebe coñac peleón y hay fotos de Camarón por todas partes. De ahí viene Morente. Ahí se ha fraguado su arte.

Arte y cultura, y lucha cívica por el sentido común.

Este hombre cuya voz es un prodigio y que cantaba sentado con las piernas cruzadas en plan señor, inició su concierto en crudo, sin guitarra, flanqueado por unos palmeros muy finos, y lo terminó con no menos de diez artistas en el escenario, dos guitarras y un cajón. En la sala, un aire de veneración; de respeto. Emocionante fue contemplar a un público de pié, y con la mirada atenta al trabajo de Morente. Como si allí hubiese una peña de entendidos; cuando en realidad no había gitano alguno. Todo payos, entregados al arte de la voz, las palmas y la guitarra.

Nada de folclore. Seriedad gitana. Morente, con elegancia, con esa clase que tienen los gitanos finos, se desmarcó de las políticas “de derechas o de izquierdas”, pues lo que cuenta es la “unión solidaria a través de la música”. En tiempos de manipulación, cuando el asunto del gran Federico García Lorca se está convirtiendo en un circo mediático, dejar eso claro era muy importante. Fue fantástico porque el maestro venía a decir que es más importante una creación imaginativa que mil panfletos políticos. El público, en su mayoría ilustrados, melómanos, izquierdistas y roqueros del blues, comprendió a la perfección el mensaje.

Con esa voz rota que tienen los grandes cantaores al hablar de normal, como si lo suyo sólo fuera cantar mientras el habla les sale áspera, ironizó con su Big Band Flamenco. Pero es que aquello fue una reunión de gitanos por todo lo alto. El imperio de la guitarra sobrevoló el escenario con los virtuosos jóvenes Montoyita y el sobrino de El Habichuela. Una decena de palmeros de ambos sexos, vestidos como si fueran a salir en una obra de Lorca, en el Cortijo de los Frailes, creó en segundos el ambiente habitual de las cuevas del Sacromonte, en Granada, cerca del Paseo de los Tristes.

En medio de un entusiasmo contenido, una atmósfera de seriedad devota, Enrique Morente fue acabando su repertorio con una versión fashion de la obra de ese monstruo que fue Manuel de Falla. “Nunca caen los rayos donde la tormenta suena…”, canta Morente y el silencio se corta con navaja barbera. La muerte, el amor, la frustración y la búsqueda de la alegría, fueron las enjundias que el gran artista andaluz puso en su voz y en las divinas guitarras. Un chaval bailaor, con look mundano, taconeó las tablas. Justamente, el gran retraso que tuvo el concierto se debió a que Morente y su equipo cambiaron la estructura del tablao.

La comisión de Salvem el Cabanyal se ha marcado un tanto este año con la organización de este brillante concierto. Arte y cultura, y lucha cívica por el sentido común. Lo mejor de todo es que allí, la sala Mirror fue de verdad un espejo de lo mejor que hay en esta ciudad, el deseo de utopía. Como dice el poeta José Luís Parra, esto es sacarle caldo a las piedras.