Enrique Moriente calienta el corazón del Cabanyal

2009-12-20Publicat per: El Mundo
Antes de que se acabara 1998 había empezado el jaleo. Dijeron que un Plan Especial de Protección y Reforma Interior (PEPRI) se iba a echar encima del barrio del Cabanyal y desde entonces está en tiempo muerto con la mandíbula prieta. Esperando a ver qué pasa; notando demasiado el tic-tac de los relojes entre unas decisiones y otras y unas sentencias llameando en los tribunales.

El cantaor Enrique Morente llegó este sábado con su 'big band' flamenca para sumarse a Salvem el Cabanyal en un acto social que no sólo tenía que ver con el urbanismo: fue una fiesta "de gente y de piedras" que se encargó de encender Rafael Vargas El Chino con unos cuantos temas que sirvieron para ir haciendo boca, aunque tres fueron pocos, porque la hora iba apretada. El vértigo venía después.

Aparecieron los de Morente sin muchos bilonguis como si fueran los Blues Brothers, dando palmas y sin reglas; volvieron a la esencia del principio haciendo vibrar el tablao con los pies, como si fuera el bombardeo de Banja Luka.

La primera parada del viaje fue 'A mí qué me importa', buscando el fuego de Antonio Mairena, tirando bombitas de la cabaña. Una especie de guiño para invocar al duende. Después vinieron letras de Pedro Garfias, que Morente supo leer como nadie. Y algunas escondidas en el Sacromonte del '82, como 'Donde pones el alma' y aún más viejas, las malagueñas de La Trini, casi ná.

Lo dijo para la edición impresa de este periódico el viernes y cumplió la palabra. Se dejó la bandera del califato de los Omega, aquel que él fundó con los Lagartija Nick, y vino para darle lumbre al repertorio más clásico y echar una mano para que se pelee por "la supervivencia de un barrio" con la "entidad" que tiene el del Cabanyal.

Dentro de la sala no hubo política, que al final acaba pringando lo que toca, y cuando no lo hace es un milagro. Los de arriba se dedicaron a arañar en suelo con cariño, a peinar las cuerdas y a dejar que la fatiguita saliera de la garganta a puro galope. Los de abajo, a seguir con los pies y con las palmas el latido del arte flamenco, que es el más humilde porque lo menos importante es el número, del que hace que duela el aire, el corazón y el sombrero.

Se fueron como vinieron: atravesando el humo para seguir bailando con las sombras y con la feria en otra parte.