Los últimos resistentes al ruido de las palas

2009-06-28Publicat per: Levante
El plan del ayuntamiento para prolongar Blasco Ibáñez por el Cabanyal se ha encontrado con la firme resistencia de cientos de vecinos que se niegan a abandonar sus casas, en muchos casos el lugar donde nacieron.
Cada vez que un responsable municipal hace declaraciones sobre la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez o la inminente apertura del boulevard San Pedro, enmarcado en el mismo proyecto, cientos de vecinos del Cabanyal sienten más cerca el ruido de las excavadoras. Llevan once años soportando la presión de un proyecto que los amenaza y ahora saben que para muchos de ellos el tiempo se termina. Algunos vecinos ya han cedido a las presiones municipales -compra de inmuebles y cartas de expropiación-, pero otros resisten solos en sus edificios, o aislados en un mar de solares de casas ya derribadas, o conviviendo con indeseables alquilados por la autoridad municipal. En una palabra, se sienten abandonados y acosados por constituir el último reducto de la resistencia.

En cada calle del Cabanyal, desde Serrería a La Reina, podríamos encontrar a decenas de familias en esta situación, pero ahora quienes más cerca sienten las máquinas son los vecinos de la calle San Pedro, donde el ayuntamiento ya se ha hecho con el 70% de los inmuebles y tiene previsto iniciar los derribos en el mes de septiembre. Y no piensan deponer su actitud.
Asomado a su casa modernista de principios de siglo puede verse cada día a Faustino Villora. A punto de cumplir 99 años es un ejemplo de resistencia, como su esposa, de 93, o su hija, que habita la vivienda lindante. "Yo quiero terminar mi vida aquí, con mi mujer" dice. Ella ya escribió en una pancarta que "si las bombas y la riada no habían tirado su casa no la iba a tirar el ayuntamiento".

Aumenta la presión

Pero eso quizá sólo sea un sueño, porque el acoso no sólo no cesa sino que gana en intensidad. "Primero nos ofrecieron vender la casa por 300 euros el metro cuadrado, aunque en realidad más que ofrecer lo que hacían era asustar con las expropiaciones, por eso muchos vecinos se fueron a los pisos de Tarongers", explica Empar, la hija.

Ellos no aceptaron la oferta porque el dinero que les daban eran ocho millones de pesetas y luego tenían que pagar la diferencia hasta los 18 que costaban los pisos, algo muy difícil de asumir para una pareja nonagenaria.

Se convirtieron así en carne de expropiación y el año pasado tuvieron que soportar una nueva oleada de intimidaciones. "Nos decían que era una cosa inminente, que no pasaríamos las navidades aquí, y aunque sabemos que podemos recurrir, la gente se asustaba muchísimo", cuenta Empar, que ve cómo sus vecinos van claudicando y las máquinas haciendo camino.
En última instancia, tienen que afrontar el acoso vecinal, el de los residentes de la acera de enfrente, que creen que con la apertura del boulevard se van a revalorizar sus viviendas; y el de los nuevos vecinos de difícil convivencia. "Porque esa es otra", dice.

Al parecer, la empresa municipal Cabanyal 2010, encargada de hacer todas las gestiones en el barrio, alquila algunas de las casas que compra a personas indeseables. Según Empar, "en alguna vivienda han metido a gente que saben que vende droga y otra vez trajeron un grupo de rumanos que se metieron más de un año en un bajo de aquí al lado".

Cuando se les pregunta por qué aguantan, no tienen ninguna duda. Porque las condiciones económicas son abusivas y, sobre todo, porque llevan allí toda la vida, responden.
"Nosotros teníamos una industria y podíamos habernos ido a vivir al centro de la ciudad, pero esto era una barraca de mi bisabuelo y aquí mi madre nació". Además, "si fuera para algo preciso, como un hospital, lo entenderíamos, pero para hacer un boulevard no. Esto es un destarifo", opina Empar. Así pues, si un día el Tribunal de Justiprecio fija una cantidad y les comunican la expropiación, "a mis padres tendrán que sacarlos por la fuerza".

Lo único que los puede salvar es la última decisión del Tribunal Supremo ordenando al Ministerio de Cultura que elabore un informe sobre el posible expolio del barrio. Y aún así el daño ya estará hecho, porque "mis padres lo están pasando mal -dice-. A mi padre se le ha agriado hasta el carácter", asegura mirándolo.

Después de la conversación, salimos a la puerta y Faustino nos sigue con su andarín. Le ha hecho gracia que alguien les escuche y lo reconoce con una sonrisa.
Empar, por su parte, nos encamina al número 13 de san Pedro. Allí hay una casa completamente aislada por los derribos pero habitada por Amparo Safont. Otra resistente.

Una casa aislada

"Primero tiraron la Casa de la Palmera, que era muy reconocida en el barrio, y antes de Pascua derribaron la del otro lado", explica Amparo, que ocupa la segunda planta de esa solitaria vivienda "desde toda la vida".

"Yo no me voy de aquí -dice- porque no me parece justo lo que me dan por la casa y además porque no tengo por qué vender lo que es mío".

Sólo abandonará si el ayuntamiento ejecuta la carta de expropiación que recibió en su día y que, pese a estar estancada, sigue quitándole el sueño. De hecho, "todos los días pensamos que nos va a llegar la citación y que tendremos que marcharnos", dice Amparo, quien asegura que tanto ella como el vecino de la planta baja viven "asustados".

Pero incluso si ese día llega asegura que seguirá presentando batalla, pues "antes de echarnos hay que resolver muchas cosas", entre ellas el precio de la casa, que no puede ser, dice, la "vergonzosa" cifra de 4 millones que le ofrecieron en su día.

"Eso es menos de lo que vale una plaza de garaje. Y si eso es justo que venga Dios y lo vea. Eso no es el bien común que dicen que persiguen, porque, además, el boulevard que van a abrir no sirve absolutamente para nada", añade con notable indignación.

"Lo que está claro -sentencia- es que yo no voy a dejar perder mi patrimonio", independientemente de que el barrio siga degradándose por el "planeado" abandono municipal o de que los vecinos que salen beneficiados con la operación les presionen a diario. Para ellos, diez años de resistencia no son nada.