Carta desde el exilio

2005-12-09Publicat per: Levante
Quizá pueda parecer extraño a estas alturas de nuestra historia, pero les puedo asegurar que uno ha sentido la necesidad de marcharse de su barrio, de su ciudad, Valencia, y de su país, España. No voy a tratar de compararme a ninguno de los que tristemente lo tuvieron que hacer a causa de nuestra guerra fraticida y posterior régimen de bondad para los insurrectos vencedores. Pero en estos tiempos en los que nuevamente las posturas se enconan, cada vez más, en un o conmigo o contra mí, de repente uno se siente con esa necesidad de alejarse y respirar aires distintos.

Y todos tenemos corazón, y aunque se sigue pensando lo mismo, todos nos dolemos de los golpes y de las enemistades que provoca decir lo que uno piensa y luchar por la dignidad de las personas. Pero no me convertiré en un Flanders (cristianito y buen vecinito de la televisiva serie Los Simpson) que va a intentar llevarse bien con todo el mundo. Como dice Jesús en el Evangelio: «he venido a encender fuego en el mundo, ¡y cómo querría que ya estuviera ardiendo! (?) ¿Creéis que he venido a traer la paz a la tierra? Pues os digo que no, sino división. (?) El padre estará contra su hijo y el hijo contra su padre; la madre contra su hija y la hija contra su madre?». Lc 12, 49-53

Pero cuando uno se marcha a otro país espera que vaya a cambiar algo en casa y pronto uno se da cuenta que eso no va a pasar y ello no deja de irritar. Al darse una vuelta por los diarios digitales de mi país, y en concreto, los valencianos, se ve como nada cambia. Sólo se ve el eterno interés del gobierno local por autofinanciar a su partido a través de la concesión de grandes proyectos inmobiliarios, haciendo creer que con obras faraónicas se arreglan los problemas de la gente. Pero para conseguir todo ese glamour tienen que, precisamente, traficar a hurtadillas con el dinero público y, al fin y al cabo, con el día a día de los ciudadanos.

Nuestros políticos locales siguen sin ocuparse de aquellos que tendrían que ser su máxima preocupación, los empobrecidos por este sistema perverso. Condenando de por vida a niños, mujeres y ancianos a vidas de precariedad. Pero no, «cuanto menos nos cuesten esta pandilla de vagos, mejor». Porque es esa la concepción de la persona y del ciudadano que se trasluce de sus acciones políticas, llevando a porcentajes paupérrimos los presupuestos destinados al bienestar social.

La única política que ejercen con rapidez es, por poner un ejemplo, intentar que desaparezcan tramas urbanas históricas, de interés patrimonial tan interesantes como el Cabanyal, para poder darles suelo a sus amigos del hormigón. Sin atender lo importante que fue ese barrio como red social, sin atender la posibilidad turística de futuro que tiene un barrio de pescadores bien cuidado en la ciudad y sin atender, y más importante, que allí hay viviendo muchas familias sin recursos y sin la propiedad de las casas, que aunque ciertamente no tienen derecho legales sobre la vivienda, tienen derechos de trato digno por las administraciones públicas.

Y hemos de recordar que esta situación de familias sin recursos en viviendas que no son de su propiedad la provocaron tanto los gobiernos socialistas como populares en la ciudad, no concediendo en muchos años permisos de obras a los legítimos dueños, provocando la desazón y el abandono de sus propias casas. Si la ejecución de la ampliación de Blasco Ibáñez se lleva finalmente acabo, vamos a tener un gran problema social con todas las familias que no tenían más recurso que pegarle una patada a una puerta para alojar a los suyos.

Pero la gran idea llega a través de nuestro conseller Rafael Blasco (popular antes que socialista, o al revés, ya no lo sé). La idea es eliminar el problema concentrando a todas esas familias, más a todas las que actualmente no podemos ocupar en ningún sitio. ¿Dónde? En el nuevo barrio de la Coma. ¿Socio? qué? Por favor, no se rían de la gente de esta manera intentando llamar social al nuevo gueto en Valencia. Desde hace mucho tiempo son muy conocidas, en el ámbito de los profesionales de servicios sociales, las pretensiones del gobierno local con el nuevo proyecto de Sociopolis, oficiosamente claro.

Por más que los arquitectos encargados de desarrollar el proyecto estén dándole toda la intención por construir viviendas dignas y con buenos equipamientos comunes, tal pretensión política condena, a lo que quizá es un buen proyecto arquitectónico, a una degradación veloz y socialmente a ser un hervidero de nuevos problemas y situaciones de vida indigna para muchas personas, repitiendo el concepto de concentración de persona molestas para nuestros políticos. El barri de la Coma, fue la misma acción e incluso también las viviendas estaban bien equipadas en un principio, pero todos sabemos en lo que se convirtió. Y aun siendo un secreto a voces nadie dice nada y el proyecto cuenta o con el incomprensible beneplácito o con el cómplice silencio de políticos en la oposición y movimiento ciudadano, sin hablar de las organizaciones que tienen en sus estatutos luchar contra la pobreza, como Cáritas Diocesana de Valencia.

¿Para cuándo la paralizada Ley de Rentas Mínimas? ¿Para cuándo un inyección suficiente de recursos dignos y no meros maquillajes a los Servicios Sociales de la Generalitat? ¿Para cuándo la multiplicación, por lo menos por siete, de los profesionales de Servicios Sociales, tal y como recoge que se necesita alguna estimación sociológica reciente? O ¿es que con la Ciudad de Calatrava se ha gastado de por vida los recursos económicos del Consell? (Otro gran secreto a voces) Pero esas son las cuestiones que se esperan que alguna vez se aborden. Esas son las cuestiones que desde mi voluntario retiro a otro país se espera que empiecen a cambiar. Pero todo sigue igual.

Como dije, estar en la trinchera, bajo el fuego cruzado de unos y otros, no es nada cómodo, pero los que hemos tenido delante a tantas personas empobrecidas por este mísero sistema, y pensamos como yo, nunca nos quedaremos callados, mientras podamos. Pues realmente tenemos la certeza de que todo, algún día, va a cambiar, y para mejor.