Urbanismo y cirugía

2004-10-17Publicat per: Las Provincias
Ya era hora, recontracordons!
En medio de la noche, don Vicente Blasco Ibáñez se remueve en la tumba y masculla jaculatorias. Ya conoce la famosa sentencia del Tribunal Superior de Justicia que va a permitir, según todos los indicios, que se termine de una buena vez la prolongación hasta el borde del mar de la avenida de Blasco Ibáñez.
-¡Acabeu de una volta, malfaeners!
España, ya se sabe, hace política con el urbanismo y luego judicializa la política. Los tribunales tienen que decir al pueblo qué partido lleva la razón. Pero el caso es que el paseo de Valencia al Mar se proyectó en 1898 y tenía que ser una Ciudad Lineal valenciana. Entonces era lo más moderno del mundo: una línea de tranvías ¡eléctricos! iría recta hasta el mar dando cauce a un bulevar, ¡de cien metros de ancho! a cuyas orillas se construirían chalecitos. Era el futuro, era el progreso de la humanidad... Tiempos modernos.
Tanto, que Blasco Ibáñez, harto de ver y escribir sobre la miseria de las pobres gentes que vivían en las barracas del Cabanyal, cansado de clamar contra la insalubridad de acequias pestilentes en las que la gente enviaba sus orines y lavaba después la ropa, concibió que el proyecto tenía que formar parte de su programa ideal de ciudad. Lo formuló en el año 1905 en el periódico republicano que dirigía. Y fue tan estimulante y digno de crédito, tan bueno para Valencia, que hasta LAS PROVINCIAS, al otro lado del arco político, le prestó mucha atención.
Entre las ideas de futuro de Blasco para el Ayuntamiento estaba la del paseo. Y tanta fue la fe que el escritor puso en el asunto... que se hizo su propio chalé en la playa, cerca de donde la avenida todavía tiene que desembocar.
Ocurre, sin embargo, que a Valencia, por falta de capacidad financiera, se le demoran los asuntos urbanísticos un poco, un siglo como mínimo. Hasta el punto de que sus buenas ideas, no ejecutadas en su momento, se le quedan sin sentido y sin función. Si la calle de la Paz existe es porque se pudo hacer de forma razonablemente rápida aunque al final, por la presión de intereses, salió la mitad de ancha de lo previsto. La avenida del Oeste nos parece ahora una aberración; pero es porque no podemos ver el barrio del Carmen de 1912, cuando se proyectó, de haberse hecho en diez o quince años nadie se asombraría.
No se puede ignorar: la historia de las grandes ciudades está hecha a base de operaciones de cirugía, siempre dolorosas, en la que se sustituyen casas humildes por otras mejores en las que se ubica gente de una capa social superior. Y eso se inventó mucho antes de Carlos Marx.
El Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana ha fallado, en buena hora, que se puede concluir la prolongación de la avenida hasta el mar. Pues vale: acabemos de una vez con este larga, aburrida historia. Falta ya no hace mucha porque la ciudad se puede comunicar con el mar por otras arterias.
Pero vamos a ver si empiezan y si nos sale bien una operación que en todo caso supondrá la centésima parte de la movida inmobiliaria que comportó la Barcelona Olímpica y la milésima de lo que va a suponer el glorioso, solidario y también urbanístico Fórum de las Culturas.
Y vamos sobre todo a abrir una cátedra universitaria en la que se estudie intensamente por qué cuando esas operaciones de cirugía urbana se hacen en Cataluña, en Hamburgo, en Lyon o en Bilbao, la intelectualidad y la izquierda valenciana babean de placer y cuando aquí se pretende desarrollar algo mucho más suave y comedido llevamos un siglo intentándolo sin fortuna y la bronca no nos cesa.
¿Tenemos menos derecho, es cosa de suerte, quizá el cielo nos dio una inteligencia menor? No lo sé. Aunque constato que el Marítimo lleva años siendo mimado por el consistorio de Rita Barberá sin que la intelectualidad haya valorado recuperaciones como las del Museo del Arroz, la Casa de la Reina o El Musical.
El tiempo todo lo cura. El PP, hace unos días, se vacunó contra sus propios errores y cambió su torpe ley de Patrimonio, que contrariaba su propio proyecto. Veremos lo que el tiempo nos enseña.