Bronca por el Cabanyal

2000-08-09Publicat per: Levante
Podemos caer en un galimatías, pero es conveniente a efectos de aproximarse a lo que acaba de pasar con el proyecto de prolongación de la avenida Blasco Ibáñez a través del barrio del Cabanyal, que los interesados lectores tengan en consideración los entresijos y antecedentes —que se remontan a mediados del siglo XIX— para hacerse una somera idea del culebrón político y urbano que está confeccionando el PP local con dicho tema. Pues no es baladí recordar que, en efecto, el paseo al Mar rebautizado como avenida dedicada a Blasco, fue una idea decimonónica pero en poco parecida a como nos la venden en la actualidad. Para los urbanistas que dieron acta de nacimiento al proyecto —de Sorní a Meseguer, o Pedrós mucho después…—, llegar al mar no significó nunca alcanzar la arena de la playa, sino conectar Valencia con los poblados marítimos —deteniéndose ante su trama— a través de la enorme superficie de huerta que entonces les separaba. No es hasta los años 60, de infausto recuerdo desarrollista para las ciudades españolas, cuando se postula atravesar a saco por las calles perpendiculares del Cabanyal, del mismo modo que se proponía que la autopista del Mediterráneo cruzara por la dársena del puerto o el cauce del Turia se convirtiera en carreteras… Fueron los socialistas, ya en democracia, los que, siguiendo las tesis del urbanista Escribano, volvieron a entender como un progreso zurcir el Cabanyal a una gran avenida, pero no tuvieron arrestos entonces para proponerlo a las claras y lo dejaron aparcado en el limbo del plan general. Con esos antecedentes, fue fácil para el PP asumir un proyecto que sintoniza con la química más sagrada del conservadurismo económico local: abrir calles para liberar solares y atestarlos de cemento y ladrillos rumbo al cielo. Y se pusieron manos a la obra. Con todo, sucedió lo previsible, que la minoría vecinal afectada por el derrocamiento de sus casas y el entusiasmo de los nuevos grupos cívicos que han aflorado tras tragarse un agujero negro a la oficial oposición, han hecho de la defensa del Cabanyal el mayor conflicto público que vive la ciudad desde los tiempos de las movilizaciones del Saler y el mencionado cauce del Turia. Abrir el Cabanyal en canal contra tan activa revuelta —a la que no le faltan nombres ilustres—, no sólo ha llevado los temores y fantasmas al ayuntamiento, también ha hecho inservibles buena parte de los argumentos técnicos que se pueden ofrecer para justificar dicha acción urbana, que los hay, cada vez más tenues, eso sí, dado el desprestigio actual que sufre en todos los frentes el urbanismo abstracto que no viene acompañado de soluciones concretas arquitectónicas —el tratamiento quirúrgico del que habla Oriol Bohigas. Así las cosas, una de dos, lo que ha pasado con el rechazo del conseller popular Tarancón —todo lo arropado por informes legales que se quiera, más el apoyo logístico de su columnista correveidile Muñoz Ibáñez— al proyecto municipal del concejal popular Domínguez —quien tras esto y lo suyo de amistades peligrosas, confesionales y constructoras debería pensarse en cambiar de cartera o dimitir—, o está consensuado por un PP más cauto y ya sin disposición a dejarse sangrar por unas plusvalías, con lo que todo lo que hemos visto y oído estos días es puro paripé, o el mencionado Tarancón, en plena y hermética guerra interna popular, le ha asestado una sonora bofetada a la alcaldesa Rita Barberá con el beneplácito de Eduardo Zaplana a cuento de no sabemos qué pero que no tardaremos en saber. En cualquier caso, lo remarcable de este episodio, amén del debate urbano, siempre tan provechoso, son las ideas que Barberá ha empleado para defender, ¿teatral o verídicamente?, su proyecto, invocando la opinión de la mayoría del pueblo escrutada en las urnas, en un puro ejercicio de grave y peligrosa ignorancia de los mínimos sobre los que se fundamenta el hecho democrático. Argumento cercano al totalitarismo que no llega ni a despotismo ilustrado, primero por no entender que tan importante o más que la opinión mayoritaria es el respeto a las minorías —repásese el caso de Argelia, por favor—, y segundo porque dar a opinar al pueblo, y de manera tan indirecta como unas votaciones para cubrir puestos de concejal, sobre cuestiones técnicas tan intrincadas, no es sólo confundir la gimnasia con la magnesia sino ejercer la demagogia bananera.