El paseo de Blasco Ibáñez: un bulevar-salón

2000-07-10Publicat per: Levante
En la fuerte polémica ciudadana que actualmente se está desarrollando en Valencia, en torno a la posible prolongación de la Avenida de Blasco Ibáñez hasta el mar, no se ha alzado, que yo sepa, ninguna voz en defensa de la situación actual del paseo de Blasco Ibáñez. Por esto quiero alzar la mía. La discusión, hasta el momento, se ha centrado en dos posturas antagónicas: la que defienden los que ven la oportunidad de concluir un proyecto que consideran simbólico para la ciudad desde el siglo pasado, el paseo de Valencia al Mar; y la que defienden aquellos que rechazan esta posible prolongación, ya que su realización parte en dos el barrió del Cabanyal y consideran que Valencia está conectada perfectamente con el mar mediante el disfrute de las edificaciones modernistas que configuran la trama protegida de sus históricos poblados marítimos.

La dificultad de acercamiento de ambas posturas, parte sin duda del opuesto lugar en que se generan. Los defensores de la prolongación de la avenida ven la ciudad del centro hacia la periferia, y parten de una doctrina urbanista que considera que intervenciones de este tipo son capaces de regenerar y revitalizar por sí mismas, sin tener en cuenta el tesoro artístico y social que se destruye. Los defensores de la no prolongación y la rehabilitación de todo el conjunto protegido, buscan en las periferias las peculiaridades diferenciadoras de la ciudad de Valencia y tratan de demostrar su vigencia para resolver los problemas actuales de la ciudad, respetando su historia.

Ambas posiciones olvidan al otro implicado: el paseo de Blasco Ibáñez. El Paseo que se inicia en las puertas de Viveros y concluye en las puertas del Cabañal se ha convertido de una manera no planificada (o quizá sí: recordemos que primitivamente se llamaba paseo de Valencia al Cabañal) en un magnífico ejemplo de «bulevar salón».

Como es sabido, el bulevar-salón es un espacio urbanístico característico del inicio del crecimiento de las ciudades en el siglo XIX, curiosamente el mismo siglo en el que se inicia el paseo de Blasco Ibáñez. Este espacio ciudadano mantiene, hoy por hoy, un equilibrio entre las exigencias del peatón y el tráfico rodado necesario para satisfacer las necesidades de la zona a la que sirve. Para ello, mientras este último se canaliza por tos bordes, el bulevar-salón dedica una generosa parte central para el disfrute y el paseo de los ciudadanos.

¿No han caído los defensores de su prolongación en que, bajo el simbólico nombre de paseo de Valencia al Mar, nos quieren convertir el fantástico bulevar-salón de Blasco Ibáñez en una autovía urbana? ¿Cuánto durará el estupendo jardín central donde los ciudadanos pasean, hacen deporte o se enamoran? ¿Si ya en la actualidad hay tramos congestionados, qué pasará cuando al tráfico actual se una el tráfico atraído por una conexión que ahorra cinco minutos la llegada al mar? Cuando desaparezca el jardín, como desapareció en ¡os bulevares madrileños de Alberto Aguilera-Sagasta-Génova. ¿dónde jugarán los niños?