El Cabanyal

2000-07-01Publicat per: Las Provincias
Hace unos años leí un libro de Marshall Berman en el que se analizaba la experiencia de la modernidad. En uno de sus capítulos hacía referencia a una secuencia autobiográfica que me llamó especialmente la atención. En ella se exponía y comentaba el influjo que sobre el barrio neoyorquino del Bronx tuvo la construcción de la autopista que lo atravesó, diseñada en los años cincuenta por el arquitecto norteamericano Robert Moses, a partir de cuya inauguración aquel espacio popular y habitable —en el que había nacido Berman— se convirtió en un ámbito definitivamente degradado.

Claro está que no pretendo extrapolar en paralelo la experiencia del escritor judío-norteamericano a nuestra ciudad; pero desde que la conocí he reparado en la capacidad que tiene la fascinación moderna para seducir y al mismo tiempo también para degradar, en el ámbito del urbanismo y de la arquitectura.

La situación que plantea la prolongación de Blasco Ibáñez sobre el Cabanyal es sumamente compleja. Sin embargo cualquier argumento que no tenga una solidez suficiente en la dirección de la utilidad social tiene que ser convenientemente cuestionado. Entretanto, al parecer, ni a la ciudad le faltan áreas de crecimiento, ni necesita obligatoriamente esa nueva vía como acceso a las playas, ni el Cabanyal lo demanda como necesidad para la mejora de su identidad, su calidad de vida o para la adecuación de sus equipamientos.

Evidentemente si se realizase, aparecerían emergiendo consideraciones presentadas corno positivas:

nuevas construcciones, distintos servicios, fluidez en las comunicaciones, rehabilitación de determinados edificios y otras más. Pasado el tiempo, cuando los afectados por las expropiaciones estuviesen satisfechos por las cuantías, los propietarios de los solares colindantes enriquecidos por su plusvalía y los nuevos vecinos llegados de otros lugares habitasen las viviendas recién creadas, nadie tendría energías para exponer y contraponer lo que se ha perdido, aunque parecería que “todo lo sólido se desvanece en el aire” y éste era el título, precisamente, del libro que comentaba de Berman. Porque lo “sólido” no son las calles, ni las viviendas ahora existentes que desaparecerán, ni siquiera los edificios históricos, algunos de los cuales se pretende transportar. Lo sólido que se desvanece es, a nuestro entender, la coherencia de una importante área de nuestra ciudad que, interrumpida por la fascinación del urbanismo, puede verse invadida y fragmentada en su tradicional estructura, actualmente habitada por una sociedad plenamente integrada, pero que al mismo tiempo mantiene una idiosincrasia singular, como ninguna otra área urbana atesora. Pero que, sin embargo, una vez transformada, nadie tendría en cuenta para reivindicar.

Es el riesgo de esa metamorfosis que ahora presenta todavía respuestas sociales fundamentadas y activas y que luego, si el proyecto se llevase a cabo, anidarán tan sólo como añoranzas acalladas en las memorias, que se irán desvaneciendo con el tiempo. Proceso que en este momento el conjunto de los que tienen responsabilidad sobre ello deben sopesar.

Actualmente la decisión de levantar la protección del Cabanyal depende de la Dirección General de Patrimonio, que tiene pendientes otras cuestiones como el edificio del solar de los Jesuitas, la rehabilitación de los frescos de Palomino y la autorización de los sobreelevados del Ensanche. Determinaciones que esperamos sean acertadas en la dirección en la que camina la historia; porque por encima de otras no sólo atañen ahora en variable medida a todos los valencianos, sino que afectarán a la huella que dejará esta generación en el juicio crítico de las que nos sucedan.