El Cabanyal y la democracia

2000-04-06Publicat per: Levante
Desde el sábado, día 25 de marzo, un grupo de personas se encuentra en huelga de hambre en el Parterre. Pertenecen a la Plataforma Salvem el Cabanyal i el Canyamelar y no piden más que ser recibidos por el ayuntamiento en un debate público: con representantes de la plataforma, abogados, arquitectos y técnicos, junto con los arquitectos municipales y los asesores que la alcaldía estime oportuno. La huelga de hambre finalizará cuando el ayuntamiento tenga a bien concederles este debate.

Desde el Gobierno municipal se comenta oficiosamente que lo sienten mucho, pero si les pasa algo es cosa de ellos. Es decir, se lavan las manos. Ni una palabra más de preocupación o de esperanza: es la prepotencia de los votos la que genera este distanciamiento, este orgullo y, al fin y al cabo, este desprecio.

Mientras, en la gran tienda verde extendida en el Parterre para dar cobijo a esta gente, el tiempo se desgrana lentamente. Acuden amigos a charlar con ellos y apoyarles, los curiosos se paran, miran, leen las propuestas de las pancartas y muchos de ellos firman reconociendo la justicia de ¡o que piden. Y las horas se deslizan: una partida de cartas, un libro, una conversación amiga. Todo ello hace más amable el discurrir de los días con el estómago vacío. Pero no se puede engañar al organismo y éste, sin alimentación, va acusando en los rostros, todavía de manera suave, los disturbios que sufre: una mirada un poco apagada (impensable en ese chico tan vital que vimos hace dos días), unos movimientos lentos, un cierto color de la tez.

Esta huelga de hambre se ha convertido para muchos no sólo en la lucha por defender la integridad de un barrio querido y peculiar, con su personalidad y sus modos de vida, sino también en el intento de conseguir una democracia más abierta, más dialogante, más real.

Y sin embargo, en contra de la actitud del ayuntamiento, cada vez se oye más hablar de urbanismo concertado. Se hacen propuestas urbanas en las que los ciudadanos participan y opinan. Que los dictámenes sobre la ciudad no vengan impuestos sólo desde arriba. Por ejemplo, si ustedes viajan por las ciudades francesas y pasean por lugares donde se están realizando obras, verán con frecuencia un cartel que dice ZAC. Es decir, zona de obras concertada. Y esto, que lo pongo como un caso de este tipo de urbanismo, se ha convertido en una práctica habitual en los países de Europa occidental.

Es necesario que el ciudadano participe. Por muchas razones. En primer lugar, porque contribuye económicamente en las obras de la ciudad, y por lo tanto se convierte en un agente importante; en segundo lugar, porque es un elemento activo que sufre o se beneficia de las obras; en tercer lugar, porque enriquece el debate con la exposición de sus ideas y de sus necesidades reales. Finalmente es evidente que los que habitan la ciudad tienen que sentirse activos y parte viva de ella, deben opinar y saber que se les escucha. Es así como van formándose actitudes colaboradoras y sólidos lazos de amistad con el entorno.

En una época en la que las palabras libertad y democracia están siempre presentes, incluso a veces hasta el abuso y ¡a mitificación, parece increíble y es difícil de entender cómo existe un grupo de gente que se ve forzado a llevar a cabo una huelga de hambre (decisión extrema y dramática) con el solo propósito de ser escuchado. Y que el proyecto que afecta a su barrio, a su economía, a su vida, a su trabajo, a sus relaciones sociales y con el medio, a su vivienda, en fin, el proyecto de prolongación del paseo de Blasco Ibáñez hasta el mar, pueda ser debatido públicamente. ¿Qué idea tenemos de la democracia? ¿Cómo se articula y reconoce la dignidad del ciudadano? Esta tiene mucho que ver con el ejercicio de una democracia amplia y real, la cual va mucho más allá que una votación cada cuatro años para las elecciones municipales. Pues esto es sólo el punto de partida, pero la verdadera democracia, que exige la participación, el uso de la palabra, el diálogo, la concertación, viene después. Y es necesario que asi lo entendamos todos. Aunque es posible que a los políticos les resulte incómodo reconocerlo y ponerlo en práctica, ya que su puesta en marcha exige buena voluntad, talante dialogante y una buena y transparente información.