Cabanyal-Canyamelar per Eduardo Beltrán Jordà

Los conservadores valencianos derribaran una de las señas de identidad del pueblo valenciano, las cuales presumen defender. Es el barrio de Cabanyal-Canyamelar, fuente del “modernismo” y “art déco” arquitectónico popular, elaborado por manos trabajadoras, e inspirado en la arquitectura burguesa urbana valenciana “belle époque”, utilizando las artes decorativas -tales como las azulejerías de diversificados paneles de formas y colores-, que revisten junto con la humildad del pueblo las fachadas de las casas de sus habitantes. Un barrio de casas de planta baja o planta baja y primer piso; casas tradicionales, a la postre, que estructuran actualmente una posibilidad futura de equilibrar los fundamentos físicos o arquitectónicos del pasado, con perspectivas de progreso humano y urbanístico.

Pero no: existe la ausencia de perspectivas. No administramos bien la herencia patrimonial para nosotros mismos ni como derecho ni como deber, ni con racionalidad ni con sensibilidad, ni físicamente ni espiritualmente. Como seres humanos deberíamos demostrar ambas aptitudes en las actitudes sociopolíticas. No digamos ya en referencia a nuestro entorno natural, sin el que nunca seríamos lo que somos: naturaleza y cultura. Aquí permanece el debate perenne del ser humano: cómo combinar nuestros elementos más necesarios con los más intelectuales. Lo instintivo, lo pragmático, con nuestras reflexiones como constructores de pensamientos y expresiones de la imaginación y la inteligencia. Complejo: quizás con el nexo del sentimiento que pertenecería a ambos “espacios”. Jugando entre lo pragmático y lo abstracto; siendo conscientes de lo que es importante pero sin riesgos inhumanos; armonizando perspectivas; fluyendo en situaciones de obligación e ideación. En fin, dejando que un posible plan urbanístico nos conduzca a llevar hacia adelante las ideas de nuestros antepasados y a vivir como necesaria actualidad; que nos permita pensar sobre el pasado sin olvidar la línea de continuidad de la historicidad, en el futuro, para que no desaparezcamos como humanos. Eso es ser proteccionista: ser conservador.

Pero el sentimiento es manipulable al máximo por cien, si la dimensión sociocultural carece de misiones objetivas. Así, en el Cabanyal-Canyameral de debatirán sentimientos radicalizados y encontrados entorno a qué debemos hacer con su futuro inmediato.

Los conservadores no son tales. No preservan protegiendo; practican ladamnatio memoriae (borrar, herir el recuerdo identificativo de los usos y costumbres de los pueblos, con su cultura histórica). Son libertinos de la especulación; no invierten el dinero en cultura e interdisciplinariedad para demostrar a Europa que se puede rehabilitar un barrio para uso y disfrute de sus habitantes, disponiendo de infraestructuras y condiciones que valoren tanto su derecho a seguir viviendo como a reubicar en su justa medida el tremendo poso patrimonial que reside en sus calles como hálito histórico. ¿Por qué no rehabilitar el barrio conjugando praxis y utilidad como viviendas, con un turismo de calidad llamando su atención sobre casas-hostales reconstruidas, o realizadas de nuevo en armonía con las casas protegidas? Fijémonos en soluciones de alto nivel cultural en Europa, siendo prácticos con lo que nos hace vivir, pero pretendiendo hacerlo en un ámbito donde exista el pasado y su antigua fricción con las mismas necesidades de la vida. Estudiemos nuestras referencias históricas. Sepamos qué podríamos realizar con nuestros elementos patrimoniales. Soñemos nuestro futuro histórico habitable.

Meses (y años) antes, los conservadores, ayudados por el proselitismo que puede ser satisfecho por la mediatización que se efectúa a través el arte, han “sorollizado” (empleando la figura artística de Sorolla, y su arte, banalmente) a la ciudad de Valencia utilizando al pintor como el “imaginero” (casi son imágenes de fervor religioso para los conservadores valencianos, el folclorismo y las playas de Sorolla) de los elementos de identidad que constituyen a todos los valencianos, que nos hacen ser o sentirnos valencianos con unas costumbres y tradiciones. Lo han conseguido de nuevo, por medio de la exposición de los cuadros-paneles que pintó Sorolla sobre las regiones de España para la Hispanic Society de Nueva York. Podríamos pensar que sería una interpretación regionalista y españolista del gobierno valenciano, sobre el momento histórico en que se ejecutaron (y sobre el actual), entorno a los valores tradicionalistas -y no regeneracionistas o progresistas- de la cultura valenciana y española.

Paradójicamente los conservadores demolerán los lugares donde habitó el alma de un pueblo, la cual Sorolla retuvo en el tiempo, reflejada en los corazones, rostros y brazos enrudecidos por el sol de las personas que pintó; en sus playas, en las luces solares de la Malvarrosa mediterránea, en barcas, en los bueyes y niños lisiados. ¿Este tiempo detenido tendrá retentiva histórica, o tendrá una fecha de caducidad, como tantos de nuestros vestigios del pasado que hemos ido esquilmando, sin precisamente apreciar su alma, su aura como escribe Manuel Vicent? No la tendrá, los valencianos somos efímeros, naturalistas, y no entendemos del sentimiento espiritual sobre nuestra historia; muchos sabemos que no es así, pero necesitamos que la cultura intente despolitizarse: ¿quienes son los asesores culturales de los que nos gobiernan?, ¿son marionetas sin régimen vital interno?, ¿son nuestros gobernantes manipuladores ideólogos high tech, o mafias familiares?, ¿somos conscientes de lo que somos nosotros como valencianos?, ¿existe una reflexión intelectual más allá de los particularismos?, ¿nos gusta defender el valencianismo o queremos ser valencianos de un futuro identificativo, crítico-identificativo?

Eliminaran aquella alma irrenunciablemente representativa (sometida al realismo o naturalismo, y al instinto: Vicente Blasco Ibañez (1867-1928) lo narró) del pueblo valenciano. Hablamos de la inminente “tabula rasa” del barrio de Valencia definitorio de algunas de las raíces valencianas que se consolidaron como discurso librepensador, político, con acento social y pedagógico, a través de Blasco Ibañez, que por cierto, según Cecilio Alonso Alonso, mantuvo contacto epistolar con el escritor ideólogo regeneracionista moderado, Joaquín Costa (1846-1911), denunciador de la oligarquía y el caciquismo en la política española que se ubica precisamente a caballo entre dos siglos -entre finales del siglo XIX y primer tercio del XX-, en el mismo tiempo de la efervescencia vital y decrepitud consuetudinaria de los barrios marítimos de Valencia como el Cabanyal-Canyamelar, que B. Ibánez reflejó enFlor de mayo (1895).

El Cabanyal-Canyamelar: antaño, barrio marinero, trabajador, y medio-burgués, de veraneo. Hoy marginado a voluntad institucional, en consecuencia, marginable. Es meramente, propiamente, auténticamente la identificación de todos los valencianos, como su huerta, como sus fallas. Sí, claro, las fallas en las que tanto se disfruta en Valencia (más para extraños que para propios, debido entre otras cosas a la mercado-piro-tecnia). Está bien (aunque unos tengan que trabajar y otros deban hacer la fiesta: no, fiesta para todos), pero por qué no limitar los presupuestos falleros, por qué no destinar mayores inversiones a otras culturas valencianas no tan efímeras, pero sí históricas. Nos sigue fastidiando nuestra naturaleza inveterada rural: seguimos siendo políticamente destructores de nosotros mismos, desarrollamos el naturalismo impresionista, del efecto pasional: nos hiede el recuerdo del pasado pero somos pretéritos, casi ancestrales porque seguimos quemando nuestros monumentos no efímeros (con el poso de nuestro pueblo). Necesitamos eliminar el peso de la memoria para volver a renacer. Bueno, posiblemente seamos verdaderamente lo que tenemos: seres humanos inconscientemente primitivos, o incongruentemente inhumanos, ciegos por la ignorancia, devotos del poder tanto protohistórico como posthistórico, compradores de billetes falsos que utilizamos vilipendiando los entornos habitados por las memorias de las vidas de nuestros abuelos, tal vez habitables para nuestros hijos, si es que por acaso, se les ha explicado qué es un “parot”, origen de las fallas josefinas, por ejemplo.

Quizás el gobierno valenciano y el poder local del Ayuntamiento sean fundamentalmente valencianos, son nuevos ricos porque han sido, o son, primitivos naturalistas, metidos a nuevas políticas liberales. Son tiranos populistas (antiguos caciques) vendedores de aire “en-pólvora-do”, con afán de embriaguez escultural decimonónica, dinámica capaz de residir en el tiempo (esta vez, si in-memorialmente, para siempre jamás, “sécula seculórum”) como figuras heroicas perfiladas al viento fallero, en la Gran vía Marqués del Turia. Habilitada en el futuro -si así siguen las cosas- para sus estatuas de bronce con pedestal marmóreo que colocarán al lado del Monumento a José Campo Pérez (1814-1889), Marqués de Campo, creado por Mariano Benlliure (1862-1947), queriendo restarle también al mayor protagonista de la avenida, su benefactora relevancia histórica y social para la ciudad de Valencia.

Pero yo no soy valenciano, si ellos son, principalmente, los valencianos. Ellos son valencianos conservadores que no salvaguardan. Yo abogo por aplicar la inteligencia y la razón: el pensamiento, la ley de patrimonio valenciano y la estatal, la ecología, la tecnología, la ingeniería, la restauración de edificios y la arquitectura. Detesto el neo-utilitarismo de los tiempos políticos valencianos que nos está tocando vivir, heredero del naturalismo ruralista tiranicida e irreflexivo. Quiero que se haga un estudio pormenorizado sobre lo que puede ser o podrá ser el barrio del Cabanyal- Canyameral: que intervenga la sensatez y que se trabaje para pensar sobre las alternativas de futuro que puede tener para Valencia, desde luego, pensando que somos objetivo de fuente de ingresos turísticos. Pero que también sepamos ofrecer el valor a otros monumentos culturales, ya sean materiales o inmateriales, físicos o sentimentales, a parte de la Lonja, la horchata de Alboraya, el Barroco, Sorolla, Mongrell o los extraordinarios ángeles músicos renacentistas valencianos de Paolo da San Leocadio surgidos del pasado de la Catedral (ese pasado sí, sí es pretérito futurible), los monumentos falleros, las flores a la Virgen, la paella a leña de nuestros mayores o la de Pinedo. Es decir, sepamos gestionar nuestro patrimonio en el siglo XXI, seamos objeto de atracción cultural, pertenezcamos a un orden de reflexión: quitemos las pátinas de corrosión a las estatuas broncíneas de las glorias regionalistas.

Para que sopesen el idealismo de este comentario les recomiendo que vean el capítulo de Callejeros (Cuatro) sobre el barrio del Cabañal en Valencia: http://www.tu.tv/videos/callejeros-el-cabanyal-30-11-07.

Le somete a uno a un irreductible determinismo vital y humano.

*Historiador del Arte y DEA en Humanidades