La ciudad de la diferencia. Portes Obertes 2008

La ideología no es la abstracta imagen de un futuro: es la imagen de un mundo que intentamos construir luchando. Planificando no se planifica la victoria, sino el comportamiento que se propone mantener en la lucha.

Giulio Carlo Argan, en Proyecto y destino

Diez años han pasado ya desde que el Ayuntamiento de Valencia optó por la alternativa de prolongar la avenida de Blasco Ibáñez, estrechando su sección y desviando su trazado, para conectar Valencia con el mar a expensas de la destrucción de la ‘peculiar trama en retícula, derivada de las alineaciones de las antiguas barracas, en las que se desarrolla una arquitectura popular de clara raigambre eclecticista’ que supone el Conjunto Histórico del Cabanyal-Canyamelar, reconocido como Bien de Interés Cultural por el gobierno valenciano en 1993.

Durante todo este tiempo, numerosos profesionales de la arquitectura y el urbanismo –y también sociólogos, historiadores, geógrafos, periodistas, …- han elaborado informes, escrito artículos, impartido conferencias, etc criticando las determinaciones de la alternativa escogida. De entre todos ellos, sólo recuerdo dos arquitectos-urbanistas que se mostraran favorables al plan municipal: Alejandro Escribano que mantiene la peregrina teoría de que la avenida de Blasco Ibáñez forma parte de la estructura urbana del Conjunto Histórico del Cabanyal-Canyamelar y, como no, Juan Antonio Altés, que como jefe de servicio del urbanismo municipal, alega que el plan ‘representa la expresión de la voluntad de la Corporación Municipal en materia urbanística’. Apoyados en estos dos argumentos y desoyendo todos los demás, los políticos que han ostentado el poder durante estos diez años, han continuado adelante con sus pretensiones y para conseguir llevarlas a cabo, no han dudado en abandonar su deber de conservación para provocar el deterioro social y físico de un barrio que les impide llegar al mar como ellos quieren.

La idea de Valencia al mar, como dice la alcaldesa, tiene más de un siglo de vigencia y ha arraigado con fuerza en los valencianos. Pero esta idea no necesita de la prolongación de la avenida de Blasco Ibáñez: el propio Ayuntamiento lo reconoció al proponer la no prolongación como una de las alternativas para solucionar el conflicto entre la avenida y el Cabanyal.

Digamos que la situación actual es muy diferente de la de hace un siglo. Hoy la ciudad se ha tragado la huerta que se extendía entre el Casco Antiguo y el mar y la ciudad de Valencia dispone de conexión directa con el mar a través de la Avenida del Puerto por el centro, así como a través de la Avenida de Baleares y de la Avenida de Francia por el sur (conectando con la Ronda Sur) y a través de la Avenida de los Naranjos por el norte (conectando con la Ronda Norte). Esta evolución en la situación desde el XIX al siglo XXI, parece que no afecta la forma con que nuestros ediles imaginan la llegada al mar. Y tampoco afecta a la imaginación de los técnicos del urbanismo municipal que, preocupados por atender los ideales de grandeza de los políticos de turno, son incapaces de introducir sensatez o de ver otra cosa que lo que ya vieron aquellos técnicos noucentistas.

En el caso Cabanyal versus Avenida, los que pretenden colocar a Valencia en el siglo XXI a base de grandes eventos y grandes proyectos permanecen anclados en el XIX.

Y aquí estamos, en septiembre de 2008, recién publicada la versión preliminar de la revisión del Plan General de Valencia que establece ocho unidades de paisaje en el ámbito urbano-residencial, una de las cuales son los Barrios Marítimos que incluye el ámbito del PEPRI del Cabanyal-Canyamelar-Cap de França, calificado con una valoración media de 6,33 (sólo por detrás del Casco Antiguo que alcanza 6,97). En la Memoria del Estudio Preliminar del Paisaje, se califica al Ensanche del Cabanyal (que sigue siendo Bien de Interés Cultural) como de calidad paisajística alta, con un objetivo de calidad que consiste en la ‘conservación y mantenimiento del carácter existente’. Para ello, en la misma Memoria se establece que en todas las unidades de paisaje urbano-residenciales, se deberá: ‘Potenciar los recorridos peatonales y ciclistas del entramado urbano, mediante la correcta gestión de los existentes y/o introducción de nuevos trazados, que permitan acercar a los ciudadanos los recursos paisajísticos identificados y los paisajes de alto valor del área metropolitana’.

Desde el punto de vista morfológico, el carácter existente en los barrios del Cabanyal-Canyamelar-Cap de França en general y particularmente en su zona BIC, se caracteriza por su uniformidad: calles longitudinales paralelas al mar, interrumpidas por travesías, donde se asienta la edificación en una parcelación menuda heredera de la que estaba ocupada por las antiguas barracas, con una relación directa edificio-calle. Es decir, la peculiar trama en retícula y la arquitectura modernista popular que en ella se asienta que protegía la declaración de Bien de Interés Cultural. La parte de todo el BIC que mejor conserva este carácter es precisamente la zona afectada por la prolongación de la avenida de Blasco Ibáñez que propone el PEPRI, entre las travesías Amparo Guillem y Pescadores, donde no se han producido las sustituciones que suponen incoherencias morfológicas y estéticas en otras partes del barrio.

¿Es compatible la conservación y mantenimiento del carácter existente que propone la versión preliminar de la revisión del PG de Valencia y la inclusión de una vía rápida rodada, acompañada de una edificación de nueva planta que sustituye la tradicional relación edificio-calle por otra basada en la manzana-avenida, para una anchura total de 148 m?

En cuanto los aspectos sociales, aún sin negar la coherencia sociocultural de la Ciudad de Valencia, el barrio del Cabanyal conserva una identidad genuina, de elevado valor antropológico en una sociedad altamente normalizadora como la actual. Estos diez años de abandono municipal, han modificado el panorama social del barrio, produciendo una sensación de inseguridad que a partir de la zona afectada, irradia a todo el conjunto. Pero no es justo culpar, como lo hace el señor Escribano, a las casas y las calles del Cabanyal del deterioro social del barrio. Como acabo de decir, el sector ‘afectado’ por el proyecto municipal de prolongación de la avenida de Blasco Ibáñez conserva los valores que alaba y pretende proteger la misma municipalidad, incluso mejor que el resto del barrio. Por lo tanto, el problema de marginalidad en el sector afectado no es achacable a esas calles ni a esas casas, no es achacable al Cabanyal. Los responsables de la situación actual son los que aprobaron el PGOU de 1988 y dejaron al Cabanyal sin planeamiento; son también los que, tras la declaración de BIC en 1993, aprobaron el PEPRI de 1998 que, para proteger el barrio prevé la destrucción de más de 1.500 viviendas; y, sobre todo, son culpables los que durante estos veinte años han hecho la vista gorda ante determinadas okupaciones primero, ante la delincuencia dedicada al tráfico de drogas después y, finalmente quienes permiten que las personas tengan que utilizar la calle para el aseo, el lavado y también para cocinar, mediante el procedimiento de alquilarles locales sin condiciones de habitabilidad, sin agua ni luz en muchos casos.

No, no es justo culpar al Cabanyal de su deterioro social. Basta con un paseo por las zonas del barrio no afectadas por el PEPRI de 1998 para disfrutar de sus calles, de sus casas de sus gentes, para comprender que si se rehabilitaran sus calles y sus casas, la zona ‘afectada’ sería igual que el resto.

Los responsables del deterioro social del barrio son los que toman las decisiones políticas desde la Plaza del Ayuntamiento, desde donde siempre se ha visto al Cabanyal como un obstáculo para llegar al mar. Pero Valencia ya llegó al mar cuando en 1897 se anexionó Poble Nou del Mar, municipio marinero que albergaba al barrio del Cabanyal. Desde entonces, la playa del Cabanyal es la playa de Valencia.

Han pasado diez años. Se han perdido diez años (veinte desde la aprobación del plan General vigente) para rehabilitar el barrio del Cabanyal. Pero aún estamos a tiempo: seguramente, las novedades que incorpora la nueva Ley 5/2007 de Patrimonio Cultural Valenciano, y el preceptivo informe de evaluación del impacto ambiental que prevé el Estudio del Paisaje de la versión preliminar del nuevo Plan General para las unidades paisajísticas, hará reflexionar a nuestros representantes municipales y les abrirá los ojos ante el patrimonio que han estado a punto de destruir. Menos hormigón y más reflexión: es más barato y ecológico, y más aún en estos tiempos de crisis, rehabilitar que destruir y reconstruir.

En la actualidad es totalmente innecesario prolongar la avenida de Blasco Ibáñez con el argumento de unir Valencia con el mar. Un informe de la UNESCO definía la cultura como ‘un continuum, fruto de la fusión o la diferenciación de culturas particulares o de alguno de sus elementos en épocas distintas’. Salvaguardar la identidad especial de este barrio marinero, con su peculiar estructura urbana y su población de arraigadas costumbres, debe ser la reivindicación, no sólo del barrio, sino de toda una ciudad que es capaz de acoger lo diferente. Porque la posibilidad de coexistencia de estas diversas formas de pensar, de vivir o de habitar es lo que constituye el verdadero patrimonio urbano de esta ‘ciudad de la diferencia’, de esta ciudad que reclama su valor específico frente a un mundo cada vez más uniforme, de esta ciudad que será Valencia en el siglo XXI.

No, no hemos sido derrotados. La victoria llegará si en esta lucha que no ha terminado somos capaces de mantener el comportamiento que nos ha guiado hasta ahora. Hasta conseguir que las fuerzas políticas, en estrecho diálogo con la sociedad civil que ya no está quieta, sean capaces de recuperar una de sus funciones básicas en democracia: asumir un liderazgo moral, un liderazgo cimentado en la transparencia y en la definición nítida e inequívoca de las intenciones.

Tato Herrero

Etiquetas: