Impactos mediáticos de las revueltas. Portes Obertes 2008

La fotografía de prensa es el registro de los acontecimientos merecedores de ser noticia. Así lo sabemos tras más de un siglo de prensa diaria ilustrada con fotografías, a la que acudimos deseosos de confirmar nuestras ideas con sus imágenes. No siempre coinciden, pero no tanto por su falta de precisión como por la ausencia de visibilidad de ideas y opiniones minoritarias. La minoría es aquello que debe existir en cualquier estado de derecho que se precie para que la mayoría siga ninguneándola, cuando no deseando su pronta y aséptica desaparición. Mientras que saber cuándo un acontecimiento es merecedor de convertirse en noticia es tanto o más complicado como descubrir qué nace antes, si el evento o la necesidad de seguir aportando información diaria. El paso de un acontecimiento del estado de suceso al de noticia es más rápido y accesible que el que tiene que hacer una opinión minoritaria para convertirse en mayoritaria. Entre medias está, en ambos casos, el papel de los medios de comunicación; pero la economía, ya lo hemos comprobado sobradamente, siempre gana a la ideología… incluso en épocas de crisis.

La velocidad de los sucesos y la necesaria ocupación del espacio de los medios de masas parecen conciliar sus esfuerzos para dejarnos asombrados por igual ante la afluencia de datos y ante su narración casi idéntica, salvo detalles cada vez más imperceptibles en el tono o en el enfoque del discurso. Es por eso, tal vez, que las transformaciones en los modos de difundir las noticias hayan ayudado a la banalización de la información escrita tanto como han favorecido la eclosión de la comunicación audiovisual, especialmente con las prestaciones que ofrece Internet, convertido en el termómetro de la actualización perpetua. Perfecta horma al zapato de una sociedad cada vez más dispuesta a vivir los sucesos en tiempo real y a asumirlos a la par que se producen, olvidándolos al poco con similar fruición.

En las ciudades contemporáneas ha ido contagiándose globalmente una necesidad de verse y mostrarse como objeto de deseo que no atiende a fronteras y que necesita seguir en mantenida huída hacia adelante para conservar su imagen ilusoria. Un panorama donde han tenido mucho que decir los medios de comunicación de toda índole y condición y las imágenes promocionales. Esta actitud ha llegado a Valencia tan tardíamente y con una fuerza tan inusitada que no puede más que provocar un amor desenfrenado entre quienes estén a favor de la mercantilización de la imagen de la ciudad y la conversión de su patrimonio en un gran plató televisivo o un desamor profundo entre quienes esperaran un comportamiento más maduro y contenido por parte de los responsables públicos, sabiéndose como se sabe la trama y el desenlace de este argumento. Más si cabe si la escenografía de esta ciudad por la que un día pasó un río y que debe su ubicación original y su idiosincrasia geográfica a una serie de elementos que han desaparecido, se encamina hacia un gigantismo por igual deshumanizado en sus proporciones e irreversible en su ejecución; admirado y cuestionado a un tiempo.

En esa voluntad transformadora, las corporaciones públicas valencianas rehúsan los lógicos antagonismos ciudadanos, al considerarlos las notas desafinadas dentro de la sinfónica de sus políticas inapropiadamente denominadas de “progreso”: otro triunfo neoliberalista en el uso lenguaje, como diría George Lakoff. Representan la gravilla que se cuela en sus zapatos institucionales y que desaparece tras una leve y certera sacudida. Muchas veces la sacudida no es tan leve y se debe pasar por los tribunales para quitársela de encima; incluso puede tardar años y necesitar una retahíla de recursos y contra recursos, pero tanto da si el fin justifica los medios. En esos casos, el aparato institucional maneja los hilos de su posición de privilegio para luchar contra grupúsculos ciudadanos a los que no parece atender en igualdad de condiciones que a otros, en concreto a quienes no se muestran abiertamente críticos. Sus discursos se mueven en la controvertida línea de flotación de las identidades nacionales, regionales, populares… y se suelen emplear instrumentalmente aspectos tales como banderas, lenguas propias más o menos minoritarias, religión, características geográficas e incluso condiciones climáticas para dirigir las opiniones no tanto hacia una dirección como sí claramente en contra de otra. Por otro lado, el sonido de las voces antagonistas tiene el timbre de las cacerolas abolladas, de los silbatos de colores, de las agudas proclamas en verso libre; el aspecto de sus demandas es el texto directo sobre telas y sábanas, pancartas en los balcones y camisetas con tipografías de palo. Y, pese a lo que pudiera parecer por esta lírica, no piden imposibles sino que son puro realismo social.

Salvem Cabanyal-Canyameral es ya historia reciente del asociacionismo ciudadano global por su esfuerzo, infatigable y mantenido, por hacerse escuchar. De entre las variadas formas de sus demandas, Cabanyal Portes Obertes supone un hito a la permanencia dentro de las manifestaciones ciudadanas, pero aún más dentro de las propiamente artísticas, entendiendo el arte como una reflexión constante sobre su propia naturaleza inserto dentro de su sociedad contemporánea. Frente a la representación inane o ya asumida históricamente, este tipo de manifestación artística antepone la preocupación activa de cuestionarse su función y su acción al propio beneficio personal y económico. Una auto exigencia que ya quisiéramos los ciudadanos para los partidos políticos en el poder, institucionalizados al máximo por sus propias instituciones.

En esta décima edición de Portes Obertes se dan cita dos propuestas complementarias. Por un lado se presenta una exposición con carácter antológico que convoca a artistas participantes en alguna de las nueve ediciones anteriores, y cuyo trabajo tiene una relación directa con la asociación. Por otro lado se ha reunido a un grupo de fotógrafos documentalistas que han sido testigos (y transmisores a través de diferentes medios de información) de las variadas manifestaciones ciudadanas acaecidas en el ámbito valenciano o autonómico. Estos dos planteamientos ponen sobre la mesa un debate interesante a propósito de la fotografía como medio, entendida como expresión artística por un lado, y como documento social por otro. Es una discusión antigua, si bien rejuvenecida desde que el arte ha asumido sin complejos la fotografía como otro lenguaje más dentro de su sistema y un número importante de reporteros gráficos ha cambiado las páginas de los diarios y semanarios por los cubos blancos de las galerías de arte y los museos. Una particularidad añadida a esta transmutación de género es el agrandamiento de los formatos, cercanos cada vez más a la pantalla cinematográfica -y así pues a un tipo de documentalismo que bebe de la representación ficcional- que a la fotografía de formato tradicional.

Sin embargo, sigue quedando abierta la cuestión sobre la denominación, si más artística o más funcional, de este proceso discursivo; es decir, sobre la diferenciación entre un trabajo visual realizado como ampliación informativa de un acontecimiento y otro destinado a la confirmación de una autoría, a través de un corpus de obra que se espera y exige auténtica y personal. Por otra parte, cada vez se ha demostrado con mayor claridad que ambas posiciones no son apartados estancos y que existe una voluntad de hibridación que desligue lo artístico de un procedimiento netamente autoral, así como una voluntad de diferenciación personal en los procesos creativos más utilitarios, como puede ser la fotografía de prensa.

El grupo de ocho fotógrafos aquí reunidos realiza su labor documental en diferentes soportes de prensa escrita editada en el ámbito municipal y autonómico valencianos y comparte su calidad como testigos y registradores de diversos sucesos sociales. Ferran Montenegro y Manuel Molines en Levante-EMV; García Poveda “El Flaco” en Cartelera Turia; Rafa Gil en El Temps; Juan José Monzó en Las Provincias; Jesús Císcar, Tania Castro y Santiago Carreguí, en El País. Un espectro amplio de tendencias y modos de interpretar la realidad diaria, semanal o mensual. También esos sucesos mostrados comparten una temática: muestran diferentes movilizaciones ciudadanas en relación a temas patrimoniales, bien entendiendo el patrimonio como una riqueza natural o medioambiental a preservar, bien tomándolo como parte de la idiosincrasia de la arquitectura o el urbanismo de las ciudades.

En el proceso completo hasta la publicación de una noticia se genera una suerte de transmisión donde se encuentran involucrados diversos agentes. Todo comienza con una decisión generalmente pública que afecta a un grupo concreto de ciudadanos, tras la cual parte de ese colectivo afectado gesta una protesta. Esta fase es esencial para que la transmisión completa puede producirse e implica ya una lucha desproporcionada que deberá asumirse. Posteriormente, la protesta adquiere forma y se sitúa en un momento y un lugar concretos; por lo general el lugar debe estar comprendido entre los márgenes afectados por la decisión institucional o, por otro lado, delante de la sede principal del organismo provocador del malestar. Los medios de comunicación se hacen eco a través de los periodistas que escriben sobre la movilización y los fotógrafos que la inmortalizan. La opinión pública recibe la noticia pasada por el filtro ideológico del medio que la edita. Se generan opiniones a favor, en contra o indiferentes ante la demanda. La institución afectada genera a su vez información para disminuir el efecto de su decisión y, sobre todo, para contrarrestar la opinión del colectivo movilizado, al que generalmente se le acusa de ir en contra de los intereses generales de la ciudad. Conceptos subjetivos como “prosperidad”, “generación de riqueza” o “progreso” son elevados a la categoría de ciencia, como si no supiéramos a estas alturas que también lo denominado científico como sinónimo de objetividad es una clara instrumentalización.

Esta visión del entramado es sólo una posible lectura de la complejidad real de todo el proceso, pero su síntesis querría delimitar el ámbito que nos ocupa. A excepción de las imágenes de El Flaco, que representan exclusivamente una catalogación de pintadas en muros y fachadas, con o sin gente, las fotografías de los otros siete fotógrafos muestran con mayor frecuencia los momentos concretos de las movilizaciones y los disturbios. Demandas a favor del territorio, contra su transformación injustificada o su deterioro, como los colectivos Xúquer Viu, Per l’Horta, contra la ZAL y los desalojos de La Punta, Salvem El Botànic, Salvem Cabanyal-Canyameral, contra la Subestació Elèctrica de Patraix, Jo no t’espere… se mezclan con otras demandas de un calado más general como el histórico No a la Guerra o las manifestaciones a favor del aborto, temas que pareciera que ya no necesitaran a estas alturas más movilizaciones. No parece que estas demandas concretas, perfectamente delimitadas en su intención y en su espacio de acción, estén pidiendo nada que pueda ir en contra del interés general de la ciudad de la que surgen y en la que habitan. Sin embargo, como bien nos ha ilustrado Chantal Mouffe a través de su concepto de “democracia radical”, la democracia es un organismo “frágil y algo nunca definitivamente adquirido (…) Por tanto, se trata de una conquista que hay que defender constantemente”.

Una cualidad añadida de estas fotografías es su capacidad de mostrar lo cercano. Lo local, que se ha denigrado en determinados momentos y ridiculizado desde instancias concretas, adquiere aquí una dimensión globalizada gracias a los avances tecnológicos para la generación y difusión de noticias y a la posibilidad de creación de redes que permiten el intercambio rápido y exhaustivo de información. Una fotografía de Juan José Monzó muestra una escena de la Semana Santa Marinera con tres elementos perfectamente compuestos: la parte principal de una imagen del Cristo portando la cruz, un balcón engalanado con la pancarta “Salvem el Cabanyal” y una señora mayor apoyada a la barandilla, viendo pasar la procesión. Como también lo muestran dos de las fotografías de Ferran Montenegro donde observamos a varias mujeres de mediana y avanzada edad participando en una cacerolada mientras portan sus bolsas de la compra, alguna de las cuales aún está vacía. En esa misma línea encontramos una fotografía de Manuel Molines en la que otra señora intenta vanamente razonar con la alcaldesa Rita Barberá quien, por su gesto, parece querer quitársela de encima delante de la atenta vigilancia de un policía municipal. Rafa Gil profundiza en esta dirección: caceroladas con paellas que llevan adheridas una imagen de la alcaldesa y protestas de Salvem El Cabanyal-Canyameral, incluyendo la acción histórica en que sus integrantes pudieron descolgar una gran pancarta en una de las torres del Ayuntamiento mientras muestran sus manos, caras y camisetas manchadas de rojo.

Las protestas por la defensa del territorio o contra la guerra de Irak alcanzan un cariz poético en las fotografías de Santiago Carreguí que, no por eso, resultan menos crudas e impactantes. La excavadora que está a punto de derribar lo que queda de una casa típica de La Punta o la joven que porta un cartel de “No a la guerra”, su mirada fija en un lugar elevado y clamando el eslogan, son síntesis adecuadas de momentos que ya son historia reciente. Tania Castro aporta una mirada fresca y oportuna a estas mismas situaciones, a las que se añaden la protesta a favor del aborto, la espectacular imagen de Xúquer Viu, cercana estéticamente al affair Prestige, o la desenfadada acción de los ciclistas nudistas de “Jo no t’espere”, ajustada acción ante los dogmas religiosos que siguen condenando comportamientos naturales y naturistas. Las fotografías de Jesús Císcar sintetizan con precisión, más que ilustran, los acontecimientos mostrados. Esto se debe tanto al acertado uso del medio fotográfico como a los detalles que conforman las composiciones, donde siempre existe una información adicional que enriquece la interpretación. Sirva como ejemplo la imagen que muestra una mujer joven portando un papel donde se lee la frase: “Relació de igualtat, amor de qualitat”, para asociarla a las demandas contra la violencia de género.

Estos ejemplos representan sólo una mínima parte del todo, dentro del cual coinciden situaciones que se exponen, sin embargo, con leves cambios en su enfoque. El caso paradigmático está simbolizado en una imagen que muchos conservamos en la memoria: dos barracas semi hundidas y aisladas por el movimiento de tierras previo a la construcción de la Zona de Actividades Logísticas, ZAL, del Puerto de Valencia. Mientras J. José Monzó destaca el remate de la barraca con cruz incluida contra un muro de contenedores para transporte marítimo, M. Molines abre el objetivo y muestra la desoladora sensación de esta transformación, que incluye el fin de un modo de vida. Perfecto símbolo del nulo interés que ha demostrado el PPCV por conservar determinado patrimonio rural o industrial. Contra este neoliberalismo económico de nuevo cuño, ya se ha dicho repetidamente, el progresismo asume el rol anacrónico del conservacionismo. Es importante advertir este disloque en los roles: son las asociaciones ciudadanas las que llevan mucho tiempo defendiendo los intereses generales de la ciudadanía, mientras la avidez transformadora del territorio que muestran los consistorios y gobiernos autonómicos se impulsa en medias verdades o intereses partidistas para llevar a cabo su cometido.

La asociación Salvem El Cabanyal-Canyamelar es un referente en la lucha por una identidad propia, que es como decir un modo de vida particular y genuino. La prolongación de la avenida Blasco Ibáñez proyectada por el Ayuntamiento de Rita Barberá, otrora de València, es un corte frío e innecesario en el carácter templado, eminentemente mediterráneo, de los Poblats Marítims. No ha habido victimismo en sus demandas, por más que se haya intentado devaluar o exagerar sus acciones dependiendo del contexto. La prueba palpable de esto lo representan las diez ediciones, ¡diez! de Portes Obertes: el ambiente que se respira cuando se realizan las visitas por las casas intervenidas, el trabajo de publicación serio y constante que se ha ido generando, el número y calidad de artistas, escritores, intelectuales, ciudadanos todos, que han colaborado desde entonces, la sensación de que su demanda, tras conocerla siquiera levemente, es pura lógica. Sólo hay que acercarse y verlo, experimentarlo individualmente, para darse cuenta de que olvidar de dónde venimos es errar la dirección que tomaremos en el futuro. Todo lo demás (o casi todo) es pura propaganda institucional, la más corrosiva y la más persistente de todas.

Álvaro de los Ángeles

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