EL PAÍS 20-05-2008 JOAN GARÍ Lecciones de El Cabanyal
JOAN GARÍ 20/05/2008
¿En qué se parece Rita Barberá a Nicolae Ceaucescu?
Mirándolo bien, los dos tienen una retirada a Hannibal Lecter,
aunque el viejo caníbal era mucho más sutil de lo que fue
nunca el conducator o lo que quisiera ser ahora nuestra Rita. Creo entender
a estos tipos: aman tanto a sus ciudades que no tienen inconveniente en
sorberles los sesos. Quieren dejar su impronta aunque sea en forma de
una horripilante pezuña. Quizá, en el fondo, tienen dudas
con su firma (hay analfabetos muy aparentes), y por eso han de presionar
con el pulgar sobre la hoja limpia. Del resultado de todo ello seguirán
hablando algunas generaciones posteriores a la nuestra, porque los crímenes
arquitectónicos permanecen para siempre en la retina.
¿Quién descabalgará a Rita antes de que convierta
Valencia en otra postal 'kitsch'?
Lo que ha hecho el Supremo autorizando la prolongación de la avenida
de Blasco Ibáñez no es solo sentenciar a muerte un barrio
tan bello como El Cabanyal. Esos barbudos togados, con toda la severidad
de su cargo, le están diciendo a Rita que puede hacer lo que quiera
con Valencia, que Valencia está en sus manos como una frágil
doncella a la que se puede manosear libremente. Ceaucescu tampoco tuvo
ningún complejo: en los años ochenta demolió en Bucarest
10.000 viviendas y expulsó de ellas a 100.000 personas. Su objetivo
era construir un Parlamento fastuoso que aún ahora se manifiesta
en postales de dudoso gusto, pero en el fondo estaba convencido de que
la ciudad era suya y, como los faraones, su pirámide sería
alabada por los siglos de los siglos. Este hombre impávido fue
arrollado por la revolución del 89 pero la pregunta es: ¿quién
descabalgará a Rita de su macizo sillón antes de que convierta
Valencia en otra postal irreversiblemente kitsch?
Sería injusto, por otro lado, atribuir en solitario a nuestra rotunda
alcaldesa el cariz que está tomando la capital de todos los valencianos.
La Ciudad de las Artes y las Ciencias, por ejemplo, fue un proyecto iniciado
en época socialista. Lo que pocos intuyeron entonces, en aquellos
primeros noventa, fue la magnitud del desastre que Calatrava estaba a
punto de perpetrar en aras de una supuesta modernidad. Yo también
simpaticé -lo confieso- con la historia de amor del de Benimàmet
con el hormigón blanco, y al principio lo tomé por un pontífice
inofensivo dispuesto a jugar al escondite con la historia del arte occidental.
En aquel tiempo un arquitecto con blasones mucho menos espectaculares
(y por lo tanto, más sólidos) como Helio Piñón
me advirtió de que Calatrava hacía "arquitectura para
amas de casa" (sic) y solo mucho después he comprendido por
qué su estilo le va como anillo al dedo a Rita Barberá.
Rita es una mestressa que igual te rige la ciudad que podría estar
comprando pescado en el Mercat Central, puesto que su alma es intercambiable
con el de cualquier otra comadre estentórea.
Destruir El Cabanyal de Sorolla, de Blasco Ibáñez, de Benlliure,
de Escalante y colocar junto al seco Turia los monigotes de Calatrava
es todo un programa con el que la derecha de este país ha penetrado
en el siglo XXI. Cuando lo abandone, ya nada será igual.
¿Se puede estar en contra de los desvaríos megalómanos
de Calatrava y a favor de las humildes casas de pescadores de El Cabanyal?
Se puede y se debe, aunque algunos me acusen de crímenes contra
la patria (o quizá contra la matria). Han sustituido la Valencia
de siempre, que ya era una ciudad hermosísima, por esas formas
grotescas que solo sirven para dejar pasmados a los jubilados que no tienen
otra cosa que hacer más que votar al PP y abrir la boca bien grande
delante de l'Hemisfèric. Pero todo esto se podría obviar
si, en el mismo paquete, no viniera la destrucción de El Cabanyal
en nombre de ese mismo progreso.
Dicen que Rita saca mayoría absoluta en todos los barrios de Valencia
-también en el Marítimo. Lo dicen- y será verdad.
Me pregunto, sin embargo, qué ciudad va a dejar a los que vengan
detrás, porque incluso después del diluvio hay siempre un
Noé que debe ayudar a subir al arca a un par de jirafas pizpiretas.
A los que amamos de verdad a Valencia solo nos queda el recurso de pensar
que también Ceaucescu, en la cúspide de su poder, tenía
los días contados. Pero las dentelladas de los caníbales
no se ocultan fácilmente. Habrá que pasear ese muñón
con alegría, muchachos.
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